Cocaína y fascismo

 

De todos es sabido que las drogas tienen un halo mágico que desprende inspiración enganchando a la gente a crear historias y disfrutar de las visiones y sensaciones que se experimentan durante su uso. Lo mismo se puede decir del alcohol y de su faceta desinhibidora a la hora de expresarse mejor o sentirse más a gusto para expresar emociones difíciles de tomar cuando uno está sobrio o incluso imposibles de imaginar  de antemano.

La eterna imagen llena de glamur repetida hasta la saciedad en libros, películas y canciones de la aspirina a la mañana siguiente para quitarse el dolor de cabeza e ir recuperando poco a poco la cordura y la sobriedad mientras uno se pregunta en realidad ¿qué coño pasó a noche? Y se encuentra con una sorpresa en la cama, unas heridas en el cuerpo, menos dinero en la cartera o simplemente llamadas anónimas en el móvil puede algunas veces acarrear más problemas que la inocente diversión planeada ya que el colocón inicial puede enredarse hasta el punto de crear ficciones basadas en las más puras y retorcidas psicosis.

Un viaje puede ser la fuente de inspiración para una historia pero el que la narra siempre corre peligro de quedarse sin combustible para continuarla y recurrir cada vez más y más al alcohol y a las drogas para seguir avanzando sin darse cuenta de que en realidad la fantasía poco a poco se va adueñando de su vida y que su obra ficticia tan solo es una escusa para alimentar su adicción y mantener su mentira. 

La típica historia de “conocí a una rubia loca que me hizo perder la cabeza” es un claro ejemplo de ello y al final siempre termina con el consabido “me utilizó hasta que me hizo perder mis últimos ahorros” mientras entre llanto y llanto cuando ya todo está perdido el pobre infeliz solo recuerda las noches de champagne y cocaína y los polvos que no eran en realidad tan salvajes como en aquel momento de la copulación le parecían. Otras historias son aun mucho más tristes y aunque no envuelven sexo de por si si conllevan acarreadas delirios de grandeza donde el protagonista es un triunfador nato cuya osadía regada por alcohol y drogas le impulsa a creerse el centro de la creación y el amo de su campo profesional.

Para los que alguna vez hayan leído “El Gran Libro” de los Alcohólicos Anónimos tan solo bastara decir que esa es la historia de Billy, quien durante los años 20 y 30 se forró en Wall Street y después lo perdió casi todo a medida que su alcoholismo iba en aumento . Hoy en día el modelo sigue igual y cada vez son más los jóvenes que me encuentro envalentonados al caer la noche con un par de cocktails de más y unas cuantas rayas. Todo es sexo, dinero y un poder maligno que les hace sentirse los reyes del universo mientras dura la farsa y cae la noche llegando a la mañana siguiente con más ganas de continuar el circulo vicioso del consumo de la fantasía por vía nasal y el bajón que produce la realidad al verse fuera de las luces de neón y los ambientes donde la apariencia dicta las normas de conducta.

La vuelta al trabajo, quizás como en el cuento de La Cenicienta les hace pensar a todos que el príncipe azul en forma de polvo blanco volverá a la noche siguiente para transformar a los trabajadores de a pie en poderosos mercenarios de la noche en busca de aventuras y compañeros o compañeras con quien escapar de una realidad a caballo entre lo que desearon la noche anterior y las frustraciones que les producen el nuevo día.

Tal vez quien solo consuma de vez en cuando no sufra de estos síntomas pero cuando lo ocasional se vuelve habito la razón acaba por perderse igual que las formas y las maneras. La cocaína vuelve a uno egoísta, codicioso y avaricioso haciendo girar el mundo a su alrededor sin importarle un bledo los demás. Todo vale para conseguir el click que los haga de nuevo funcionar al ritmo de sus deseos. El sexo imaginario como colofón al culto del placer se convierte en el centro existencial y para ello quien toma coca, como cualquier otro depredador, estará dispuesto a llevarse a quien sea por delante.

Jóvenes, abducidos en ese mundo por adultos que solo viven para meterse, descubren nuevas sensaciones y caen en una espiral de hedonismo donde su único valor es la sangre fresca que ofrecen a los viejos crápulas sin remordimientos como única moneda de trueque. Un baile infernal donde la carne sustituye cualquier otro valor, la conversación desaparece y el falso placer crea dependencia pues quien da la raya controla al sumiso que quiere gozar al máximo guiado por la experiencia de su cuco mentor sin darse cuenta que en realidad quien domina es quien ofrece esperando tomar el todo de la parte más débil. Y así el poder se hace absoluto engatusando a inocentes víctimas que cuando se acaba la fiesta vuelven de nuevo a sus moradas anhelando volver a estar con lo que creen son personas exitosas que de verdad las quieren por ser ellas mismas.

Ni que decir tiene que la realidad es otra, en el corazón de un consumidor habitual de cocaína, el verdadero adicto a la noche solo hay sitio para el mismo y cuando deciden cambiar de pareja quien se queda atrás intenta mantener el ritmo de vida a que le tenían acostumbrado buscando otros vampiros a quien ofrecer su sangre pero con la inocencia perdida y el gusto por el estimulante las personas a las que acudir son cada vez más escasas pues todo el mundo se conoce en esos círculos y sabe que detrás de cada encuentro se enmascara el ansia de esnifar a cuenta de alguien y así una nueva persona es recibida en el mundo del culto a la cocaína convirtiéndose en un gorrón que nada tiene que ofrecer pues sus sueños rotos son comunes al ambiente y lo único que consiguen es perpetuar las mismas historias una y otra vez hasta la saciedad.

De esta forma el idilio con lo mágico distorsiona la realidad hasta el punto que ya nada sirve sin la coca, las discotecas ya no son lo mismo, la gente se ríe menos, los triunfadores que antes poblaban cada esquina se convierten por obra y gracia en las calabazas y los ratoncillos del cuento que no están ya ni para convertirse en carruajes ni para confeccionar vestidos. La vida, en una palabra se vuelve aburrida y el retorno a la realidad de los mortales crea un agobio existencial que envuelve con su manto a la gente en la depresión. Nada como los días de locura y excesos, aunque estos en realidad no fueran vividos más que a pocos kilómetros de donde uno reside, nada como la excitación del esnifar en el servicio para ser visto, nada como ser conocido como el que tiene los mejores que pasa la mejor coca y nada por supuesto como sentirse en control del que controla y conduce a los demás.

Para la gente que consuma otras drogas infinitamente más saludables y naturales como la marihuana el uso de la cocaína es visto como un alimento de cultivo del fascismo endémico que puede llegar a poblar el subconsciente colectivo. Un planeta lleno de consumidores de coca, o incluso una pequeña isla perdida en el medio de la nada acabaría sin duda por ocasionar conflicto expresado en genocidio y guerra civil debido a la creciente paranoia de sus habitantes y el continuo narcisismo y egocentrismo derivado de sus pobladores. Todos se enfrentarían primero por controlar las fuentes de producción y distribución y se matarían por conservar el estado de euforia. En un país donde la gente solo fumase cannabis, muy al contrario, reinaría la harmonía, la fiesta y el buen espíritu y la tolerancia. Es muy fácil imaginar a un Hitlerito o a un Musselinito totalmente esnifado mientras que la imagen de un loco sanguinario fumado es prácticamente imposible de visualizar sin provocar una carcajada, aunque bien es cierto que muchos crímenes se cometen bajo los efectos del cannabis pero aun así estos son menores que los ocasionados por el consumo de cocaína.   

 

 

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