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El fumar marihuana como todos los ritos de paso entre la realidad y lo imaginario, lo legal y lo prohibido o lo consciente y lo inconsciente presenta una dualidad espacial entendida como una estrecha comunión entre el individuo y el grupo donde el primero interioriza sus sentimientos y se enfrenta a lo desconocido mientras que el segundo promueve la exteriorización y el intercambio de experiencias para hacer más fuerte el efecto colectivo. El individuo y el grupo se necesitan para crear una identidad donde plenamente sentirse realizados.
Atendiendo a los trabajos citados por la antropóloga social Ana María Guerrón esto podría entenderse como una forma de compartir valores que antaño se consideraban místicos y que hoy en día desafían la legalidad con el fin de crear nuevos estilos de vida para expresar la independencia y la autonomía de la libertad individual limitada por unas barreras jurídico-política-religiosas que las drogas destrozan minando los conceptos de autoridad y poder socialmente construidos.
De esta forma y desde el punto de vista de un joven inexperto, que es recibido en el mundo de las drogas por consumidores más experimentados, se puede justificar e incluso llegar a entender que sin la necesaria educación el neófito se aficione de manera desmesurada y acabe pensando que su libertad individual, esa libertad interiorizada, que al principio le aísla del resto de la gente que no toma drogas y que más tarde le unirá a la gente que consume como él, le otorga el derecho de hacer lo que quiera para actuar de acuerdo a sus pensamientos liberacionistas sin respetar a nada o nadie que no sea el grupo donde se ha hecho fuerte para reafirmarse como un gran pez en medio de un pequeño estanque.
Esta afirmación, por supuesto, no implica la consabida idea de que todo el que mete en las drogas termina siendo un marginado pero si debería servir para advertir que si se ponen los mecanismos necesarios para compaginar las reflexiones a las que todo el mundo llega cuando se inicia en el mundo las drogas sobre moral, fe, poder y autoridad con conocimientos prácticos sobre los efectos, tanto negativos como positivos, y totalmente desmitificados de las diversas substancias que alteran la consciencia se podrían evitar muchos males e injusticias.
El más claro ejemplo sea tal vez el de la construcción de la marginalidad como un discurso que trata a los consumidores de drogas como apestados sin entender, por una parte la razón de su auto-exclusión y por otra la necesidad de reconducir el conocimiento de quien se hace sentir o ver diferente.
Las drogas y su consumo ofrecen una mezcla de saberes y efectos que brindan a quienes las usan sentidos que influencian su manera de entender el mundo y relacionarse con y entre ellos mismos. Siguiendo con las referencias citadas por Guerrón las drogas para sus usuarios son un “ícono dispuesto a ensamblar en sus ser realidades múltiples, convergentes y contradictorias”, contrastando con el “déficit metafórico” del usuario. Lo cual, de forma un poco reaccionaria, viene a decir que la gente toma drogas por no poder entender de una mejor manera el sentido de sus vidas al tiempo que ofrecen un consuelo para el mundo en conflicto en el que viven los consumidores. Si bien esta es idea es muy debatible desde el punto de vista del consumidor recreacional y ocasional, cuando se trata de explicar el fenómeno de redes y subculturas usuarios de drogas es perfectamente válida ya que de ella se desprende la necesidad del grupo como un poder superior alternativo a lo socialmente impuesto y una manera de continuar transgrediendo las normas que en el primer momento cuestionaron debido bien al rechazo personal, motivado por rebeldía, a la exclusión, impuesta por muy diversas razones, entre las que cabe destacar las económicas, o también por motivos de salud mental por no citar entre otros el rechazo o la discriminación.
Son por estos motivos que las drogas como la marihuana crean comunidades donde todo se comparte sin temor al ridículo, donde la gente habla sin miedo, y por este motivo no es la substancia la que tiene la culpa de lo que se dice sino mas bien la persona que necesita expresarse y sentirse a gusto consigo mismo y con lo que les rodea.
Por eso, para prevenir que la gente huya como hacían antes los leprosos y se refugien en los lugares más inhóspitos es necesario promover la comunicación y escuchar a los que tienen cosas que decir y que han sido condenados injustamente de antemano por ser nada más que ser ellos mismos viviendo las circunstancias que les tocaron vivir sin tener elección alguna. Por eso también hay que educar a pensar en libertad y entender que si la gente huye como piratas o se echa al monte es porque cuestionar los valores impuestos es un derecho de todos como lo es también el luchar para cambiarlos.
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