El mito de los narcos

Comparado con el glamour al que los narcotraficantes nos tienen habituados el ver la foto de todo un barón de las drogas como es el Chapo Guzmán en ropas de faena, en medio del campo lejos de sus lujosas mansiones, metralleta en mano y orgulloso de posar para la cámara como un trabajador más sumido en la laboriosa tarea de explotar a los campesinos, eliminar a sus detractores y asesinar a sus enemigos, debería hacernos reflexionar sobre el día a día de los poderos señores de las drogas y también su apariencia mundana pues de todos es conocido que cuando se trata de labrarse un porvenir en el difícil del mundo de la extorsión, el secuestro, la matanza y la explotación de inocentes la mejor manera de llevar a cabo estas acciones es subirse al carro de la moda informal o el estilo vestido para matar, fruncir el ceño, ponerse el chaleco antibalas y derrochar cantidades ingentes de testosterona con el fin de transmitir una masculinidad apabullante y aterradora.
Esta foto de unos de los capos más buscados de Méjico habla por si sola y desprende el horrible orgullo de quien se sabe torturador, cruel tirano y malévolo maquinador de voluntades ajenas. ¿Por qué si no ese gesto bravío que indica cara de pocos amigos? ¿Por qué si no ese rostro penetrante que no deja lugar a la duda de que su razón está legitimada por su arma? ¿Por qué si no ese bigote modulado en la mas estereotípico y tradicional del hombre macho mejicano? ¿A caso el Chapo no quiere con todo estos símbolos construir su identidad basada en el miedo y amparada por una actitud desafiante que parece no conocer límites ni plantarse ante nada?
Que para llegar a ser alguien en el mundo de las drogas, como en cualquier otro negocio requiere sacrificio, es algo que nadie ignora. Sin embargo el look y la estética narco es my diferente a la de cualquier otra actividad criminal. Los poderosos señores del narcotráfico hacen del lujo, la ostentación y la crueldad sus mejores tarjetas de visita mientras que buscan la notoriedad. Es como si sus vidas fuesen comparables a las de cualquier celebrity con la diferencia de que la continua peligrosidad de ser liquidados por sus competidores o capturados por la policía añaden un halo de falso romanticismo que muchas veces es exaltado por las masas y encumbrado en historias donde el mito del hombre hecho a si mismo perdura hasta que es violentamente destronado y desterrado de sus posesiones de igual forma que antes otros fueron igualmente depuestos. En general la historia común para todos estos personajes es la de hombres que saliendo de la nada, llegan a tenerlo casi todo hasta que al final lo pierden de la forma más dramática.
El Chapo no es diferente a ningún otro narcotraficante, quizás sea uno de los más poderosos del momento, pero ni su régimen ni su corona serán eternos. El viejo proverbio de a quien hierro mata a hierro muere es más que aplicable a quien hace de la fuerza y la violencia su única razón de ser. Por ese motivo contemplar a un hombre orgulloso de su villanía debe hacernos reflexionar sobre la verdadera naturaleza de sus acciones. De nada le servirán los corridos escritos en su honor una vez que este muerto, de nada le servirá aumentar su leyenda una vez que arrebatado su poder se encuentre bien en manos de una policía corrupta o bien en manos de sus más acérrimos enemigos sedientos de venganza y de nada le servirá tampoco su extrema hombría una vez desposeído de las riquezas con las que alimentara su inconmensurable ego.
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