Noches de bohemia

Esta no es una historia que incite a fumarse un porro más bien es una reflexión sobre como la marihuana me hizo vivir y sentir cosas que mas tarde se acabarían haciendo realidad con esfuerzo, lucha, sacrifico y en muchos casos no carentes de dolor cuando en mis años de juventud deambulé por todos los caminos de la vida intentando encontrar la mejor ruta para disfrutar de la madurez que hoy disfruto.
La marihuana y el te me daban claridad y me inspiraban largas conversaciones sobre literatura y amores perdidos o casi imposibles. Hoy en día, cuando dos de aquellas persona con las que tanto me encontré robándole a mis noches el sueño y sacrificándolo todo por ser capaz de seguir inmiscuido en lo que de aquella parecía tan solo locura, han publicado sus primeros libros en dos idiomas irrevocablemente distintos solo pienso que lo que viví no fue un delirio sino mas bien los pilares de mi vida. Y si, la marihuana ayudó a destapar secretos, a decir los primeros te quiero, a soltar las primeras frases que antes solo habían parecido cursilerías, a entender la vida de una forma distinta lejos de casa en un paisaje inhóspito que solo hoy recuerdo con el olor a maria, el sabor a cerveza negra y los muchos libros que compraba en la librería local de segunda mano para poder seguir alimentando mi alma de escritor joven e inexperto.
Los hippies, los que de verdad habían sido hippies llegaron mas tarde, justo cuando ya me había olvidado de la marihuana pero sus historias me devolvieron de nuevo la pasión por vivir a mi manera justo cuando creía que se me estaba escapando la fuerza de la juventud y que acabaría apoltronado sin saber que hacer con mi vida. Volví entonces a las drogas desde un terreno mas serio y me dediqué a comprenderlas y estudiar sus consecuencias pensando, como aun sigo pensando que eso me mantendría al margen de los convencionalismos sociales que tanto he tratado de evitar a lo largo de mi vida.
Y así gracias a mi trabajo con gente que toma drogas, con gente que quiere rehabilitarse, con gente ya rehabilitada soy capaz de entender como las drogas afectan a las personas y como mi propio consumo de marihuana me liberó de poderes mayores que en cualquier momento pudieran constreñir mi vida. Hui de los bancos, del mundo corporativo y busque amparo en el mundo marginal y de las charities que era lo que mas parecido quedaba a aquella imagen de joven bohemio que tantos años perduró en mi recuerdo. La droga ya no era necesaria para hablar de filosofía o entender irrepetibles discursos filosóficos por que para eso ya había ido a la universidad tal y como me había propuesto en aquellas noches de iniciación al despertar de la vida.
Todo se iba haciendo poco a poco y cando me di cuenta me convertí en la mañosa y experta araña tejiendo su tela para atrapar todo lo que le hacia sentirse seguro mientras que al tiempo aprendí a moverme de un lado a otro con agilidad y conocimiento. La locura vivida y hasta cierto punto de vista escarmentada pero ya superada fue un grado que me permitió ver mi otro lado cuando llegó. Pese a lo que muchos puedan creer no fueron ni la maria ni el alcohol lo que me trastornaron sino más bien verme incapaz de conseguir lo que mas quería, que era escribir, cuando lo estaba intentando tan duramente. Por mi cabeza pasaban el deseo de hacerlo, la realidad de haberlo hecho de alguna forma en un tiempo pasado y la impotencia de no recordar confundido en una soledad que me dejo podrido de recuerdos de mejores tiempos cuando en las noches frías de invierno sentía su cuerpo para guarecerme y su presencia para expresar mis sentimientos. Unos sentimientos que jamás había sentido nunca.
Entonces al amanecer con la sobriedad compuesta su recuerdo se disipaba convirtiéndolo en un extraño al que solo la noche siguiente volvía a traer de vuelta en forma de tortilla o cigarrillos de marihuana. Todo eso paso y lo deje atrás hasta que de nuevo volví a conocer a alguien que lo había vivido todo en le mundo de las editoriales y que había escrito dos libros. Era mucho mayor que yo pero me devolvió a Tennessee Williams sin miedo y descubrí que la vida era de nuevo posible hasta que repentinamente de una forma muy suave murió en mis brazos sin que yo hubiera podido notar algún vestigio de su enfermedad.
Durante nuestra relación y largas cenas prolongadas en su apartamento de una lujosa zona de la ciudad donde vivo entre cocteles, ginebra y vodka hablábamos de Proust y de nombres que guardaba en mi memoria con miedo a ser descubiertos. Mi amante me hizo su cómplice y de nuevo no fue el alcohol lo que me perturbo sino las ansias de conocer más y descubrir la generación de los que hoy tienen casi setenta años y que una década atrás me parecían tan interesantes. Él sabía muy bien como tratarme y sabía que aquel pudoroso e inocente carácter que escondía lo que es hoy mi beligerante y extrovertida personalidad solo podía ser despertado con alcohol para permitir desinhibirme.
Hoy lo veo con claridad por que desde la sobriedad recuerdo cada palabra a pesar de que fueron dichas en otro idioma y cada caricia mientras desnudos yacíamos leyendo en su sofá impidiendo ir a la cama para que así el despertar no me devolviese al estado de negación y conflicto que en aquellos momentos infligía mi ser.
Todo el contenido de TalkingDrugs es realizado por voluntarios, si desea participar: volunteers@talkingdrugs.org






