Un toque de humanidad

La vi por casualidad mi primer día de trabajo en la calle mientras se bajaba de su moto y yo que no me suelo fijar mucho en esas cosas enseguida me percate de su melena rubia, sus largas y esbeltas piernas y su más que atractiva cara que no podía pasar desapercibida. Mi sorpresa fue aún mayor cuando al llegar a la oficina me la presentaron como una nueva colega y entonces cuando me saludó con una gran sonrisa me di cuenta de que Amelia tenía que ser una persona especial. No sé porque lo sentí pero su gesto y su mirada irradiaban una paz  que disipaba la tensión que producía aquel jaleo de conocer gente nueva, recibir instrucciones sobre mis nuevos cometidos además de hacerme sentido cómodo y bienvenido.

Pasaron los días y Amelia cada vez me hablaba más y una buena tarde en mi obligado descanso del cigarrillo me la encontré por causalidad en un pasillo diciéndome que fumar era malo para mí y  que debía dejarlo a toda costa a lo que yo pudiendo responder sarna con gusto no pica, preferí decir que no había nada de malo en fumar un pitillito de vez en cuando y que además el tabaco había sido un buen compañero en mi vida, esperando librarme así del consabido rapapolvos.

Sin embargo ella no dijo nada por el estilo y mirándome me dijo que entendía mi enfermedad porque ella sufría también mucho. Preguntándole, un poco extrañado, si echaba de menos fumar o si había tenido algún problema para dejarlo me contestó que ella nunca lo había probado pero que sufrió una enfermedad peor pues había sido alcohólica y esas cosas no se olvidaban fácilmente.

Aunque mi reacción fue casi instantánea, faltó el casi para hacerla del todo natural. La verdad es que no supe que decir, no por lo del alcoholismo, sino por como se había comportado conmigo hasta la fecha transmitiéndome tanta calma y sosiego mientras que sus ojos ocultaban al decírmelo la mirada del que ha sufrido sin merecerlo y de quien ha sido víctima de una adicción  y yo que también se lo que es sufrir por otras circunstancias no pude por más que quise controlarme las ganas soltarle una versión resumida de mis infiernos personales con la misma naturalidad que ella me había insinuado los suyos.

Supongo que eso fue un acto de solidaridad, el más sincero y emotivo que recuerdo en mucho tiempo mientras que después me hizo pensar en mi propia cobardía por esconder siempre mis enfermedad mental ante extraños por miedo al rechazo cuando hay gente maravillosa que, sin más, de  pronto, como salida de la nada aparece para rescatarte de tus temores con alivio que produce paz, sosiego y calma, algo que por desgracia no sucede todos los días ya que la visión más común que tenemos hoy en día sobre el alcoholismo ya no es la asociada al viejo perdedor borracho sino la de la típica celebrity estúpida que no tiene nada mejor que hacer que dejarse pillar conduciendo como una cuba su coche a la salida de un club de moda asediada por paparazzi para después vender la exclusiva de su entrada en prisión y posterior rehabilitación en una clínica de lujo.

Ni que decir tiene que esa realidad para idiotas es  producto de una sociedad hedonista donde el alcohol sigue fluyendo como las drogas como un símbolo de estatus y poderío donde las verdaderas víctimas que se quedaron en el camino no aparecen reflejadas en ningún sitio por ser los renglones torcidos de dios, los feos que no salen en la fotos y también aquellos que no tuvieron los medios ni para convertirse en crápulas fashionistas.