Catolicismo, Alcohol y Drogas

Mi fuerte y estricta educación católica nunca me impidió traspasar los límites racionales en busca de nuevas sensaciones. Sin embargo su legado hizo que durante mucho tiempo me cuestionara la cordura de mis emociones. Es cierto que nunca tuve que confesarme por haber bebido o fumado como un carretero pero por cuanto a la marihuana se refiere eso era harina de otro costado. Recuerdo perfectamente mis días de colegio siempre acompañado por el sabor de un Camel o un Chester. También me acuerdo de como los profesores y curas del Opus Dei nos animaban a fumar no solo para probar nuestra hombría si no también como forma de proselitismo. Si eras buen estudiante podías pasarte las horas en los despachos de los sacerdotes y los profesores hablando de lo divino y lo humano con un cigarrillo en la boca. Era como si en aquellos días fumar fuese bueno y Dios te estuviera protegiendo.

Con el alcohol viví una experiencia similar. Una vez vi a un jovencísimo cura acabarse una botella de vino  en solo dos tragos. También podría hablar del Jesuita alcohólico que me  dio clase y que era famoso por tener siempre un mini-bar repleto en su despacho y por irse de borrachera con los estudiantes en las excursiones. Por desgracia nunca tuve la oportunidad de beber con el ya que cuando llegué  a su curso ya se había convertido en una parodia de si mismo con un constante tembleque en su cuerpo y un extrañísimo sentido de lo que implicaba ser Jesuita. Sin embargo esto me enseñó el funcionamiento de la hipocresía jesuítica. Por un lado, los profesores estaban obsesionados con controlar nuestras actividades los fines de semana. Querían apartarnos no solo del alcohol si no de otros vicios de juventud. Por el otro encargaban nuestra educación a personas como aquel borracho.
Las drogas eran un tema tabú, cualquier referencia  a ellas suponía que la persona que las hubiese mencionado instantáneamente quedaba excluida de las más altas metas a las que todos padecíamos estar destinados. Era como si hablar de drogas te convirtiera en un drogadicto, y eso tenia trágicas consecuencias. Podías ser acusado de fumar porros en frente de tus padres aunque nunca lo hubieses hecho. También podías ser condenado a pasar el resto de tu vida estudiantil con el grupo de las causas perdidas, esos que por cualquier razón de adolescente no podían encontrar su lugar en el mundo, o lo que era todavía peor esa falta de información podía convertirte en otra anónima victima del fracaso escolar. Aun puedo recordar muy bien como solía ser llamado al despacho de mis profesores para informar de mi (inexistente) conocimiento del tráfico de drogas en el colegio. La razón era muy sencilla yo era diferente y por lo tanto según ellos debía tomar drogas, muy a pesar de que en aquella etapa de mi vida aun no las había probado.
Me estaba convirtiendo en un rebelde porque no me fiaba de ellos. Mi fe se había evaporado y sentía que estaba perdido en el medio de un gran sinsentido. Los verdaderos fumadores de hachís no querían estar conmigo porque pensaban que era un chivato y los estudiantes normales me veían como a un drogadicto. Una gran barrera de mal entendidos estaba dividiendo mi colegio y yo no estaba en ningún lado de ella. Pedir ayuda era inútil ya que no había sitio a donde acudir. Jesús estaba eligiendo a sus protegidos y claramente me estaba dejando a un lado. Me negué a creer y fui puesto bajo observación. Mi tutor me recomendó hablar con otro cura, quien resulto ser un psicólogo. Durante nuestra primera conversación,  muy orgulloso me dijo que el Catolicismo había puesto fin a toda la decadencia y promiscuidad romana. Después de aquello decidí permanecer callado durante el resto del tiempo que tuve que pasar en aquel lugar horrible. Mi silencio solo sirvió para empeorar las cosas ya que alcance un punto donde no podía encontrar a nadie con quien hablar.
Así que mi imaginación y mi represión crecieron al unísono. Durante años tuve que vivir pensando que no iba a ser aceptado en ningún lugar y que mis ideas se debían a un acto de resistencia contra la doctrina católica. Empecé a  beber, pero el miedo a ahogar mis pensamientos y deseos en el alcohol me impidió disfrutar del alcohol como el resto de la gente. Cuando estaba borracho solo podía pensar en empezar una revolución y cuando los efectos desaparecían me daba cuenta de que estaba solo. Necesitaba salir de mi mismo, pero no podía. Estaba atrapado y  aunque pensaba que podía volar muy lejos y dejar sus ideas atrás, aquellas malditas ideas del colegio siempre me hacían volver mirando atrás. Los odiaba tanto o más de lo que ellos me odiaban a mí aunque a su odio lo llamaban educación. Y así me convertí en un superviviente hasta que muchos años mas tarde encontré por casualidad en la marihuana la oportunidad de vomitar los secretos de mi silencio.