Contra la intransigencia

Revisando la literatura oficial sobre los efectos del consumo de drogas y su prevención uno se da cuenta de la excesiva falta de tacto existente en algunos países a la hora de abordar estos temas, así por ejemplo, generalizar que los usuarios de heroína sufren “de baja autoestima”, como un reciente estudio académico sostiene, parece dar más vueltas al eterno problema de las causas del consumo sin aportar ninguna solución práctica para encontrar soluciones victimizando de antemano a los usuarios y presentándolos como seres débiles.

La primera critica que se hace extensible al consumo de todas las drogas es que no existe un único patrón de consumidor de drogas, ya que todos sabemos que están en todas partes, desde los altos puestos de la dirección de empresas, pasando por el mundo de las artes y la academia hasta llegar a las cárceles donde generalmente los que si tienen un problema serios con el abuso de sustancias ilícitas purgan sus penas esperando tratamiento. Por tanto, en ese inmenso universo que son las drogas las razones para tomarlas son tan varias como los millones de personas que las usan. Unos creen en su creatividad, a otros les relajan, a otros les sirve para evadirse de sus problemas y a otra gran mayoría les ayuda a convivir con un día a día que sería imposible sin ellas.

En este último caso si se podría hablar de adicción, pero dar la consabida explicación que este problema se podría haber evitado si la gente supiese “quererse más a sí misma”  o incluso respetar los mecanismos de control social, moldeándose al sistema educativo, obteniendo un trabajo y creando una familia estable, es también prematuro y precipitado porque no todo el mundo es igual y las estructuras sociales marcan grandes diferencias, como también lo hacen las características innatas a las personas. Por este motivo un enfermo mental que acude a la marihuana para calmar sus nervios, o una trabajadora sexual que necesita mantener su adicción haciendo la calle no pueden ser juzgados de antemano sin saber que les ha llevado a tomar esas decisiones. Echarle la culpa a su baja autoestima es simplemente ridículo.

El origen de esta idea parece estar en la interpretación que se haga del termino autoconcepto y de cómo los individuos se plantean su vida. Aparentemente, si desde críos deciden ser sanos y competitivos las drogas no resultaran un problema, pero si por el contrario buscan sensaciones diferentes a las socialmente sancionadas correrán el riesgo de consumirlas. De nuevo otra generalización porque las causas para descubrir nuevos estímulos nacen de muy diversas formas.  En el seno de la familias con padres consumidores los adolescentes tenderán a seguir su ejemplo, mientras que en aquellas familias donde se valore el libre pensamiento un adolescente tendrá acceso a distintas formas de culturas y el conocimiento, tal vez, le hará más susceptible a abrir las puertas de su percepción a través de las drogas. En las familias con menos recursos los jóvenes se verán sin la oportunidad de cultivarse y se verán obligados a aislarse del mundo o a socializar en las famosas pandillas que crean tanta alarma social. En estos casos el acceso a la cultura, y no las drogas crean diferencias de pensamiento y por tanto perpetuán las desigualdades en el aprendizaje manteniendo el orden establecido. 

En un reciente documental sobre la movida madrileña una famosísima cantante admitía que  le gustaría que la  gente joven de hoy en día siguiese descubriendo a autores como Masoch en la misma forma en la que ella los había descubierto. Esta idea de libre y constructiva sexualidad puede ser útil a todos aquellos que quieran entender lo que fue la movida y además puede servir para entender mejor que las drogas sin cultura y sin conocimiento son como aquel famoso anuncio de una marca de neumáticos donde un  mítico campeón olímpico y del mundo de los 100 metros lisos aparecía en traje de competición a punto de iniciar una gran carrera llevando unos llamativos zapatos rojos de mujer con inmensos tacones en  lugar de sus zapatillas deportivas. La velocidad sin control no sirve de nada, o algo así decía el anuncio bajo la foto.

La falta de control produce caos y es entonces cuando se pierde el rumbo y las drogas se convierten en un problema ya que cualquier referente se pierde. Ante tal situación es cuando se debe intervenir para ayudar a la gente a reconstruir o por lo menos replantear su dañado yo, evitando consignas morales y siendo pragmáticos. Si alguien llega a perder el sentido de la realidad por culpa del consumo excesivo, poniendo en peligro su propia existencia o  se ve en una situación límite como la cárcel, el psiquiátrico, o una clínica de rehabilitación, entonces se deberán poner en práctica todos los elementos para la reinserción valorando individualmente a cada persona para con ello comprender el origen de sus problemas.

Esto, como es lógico, no debe suponer que todos los individuos aspiren a las mismas metas cuando terminen el tratamiento. Algunos mejoraran sus vidas profesionales, retornando a la educación, otros no podrán volver a sus anteriores trabajos por las grandes cantidades de estrés que ello supondría y otros por seguir citando ejemplos tendrán que ser ayudados de por vida y protegidos por las prestaciones sociales del estado a través de centros de día y profesionales especializados. La múltiple variedad de opciones implica, por tanto, que si bien la rehabilitación apunta a reinsertar a los individuos en las estructuras sociales, el elegir el cómo, el cuándo y el donde debe ser la decisión última de los pacientes  sin que nadie decida por ellos, para de verdad sentirse libres, porque fueron ellos mismos quienes recorrieron todo el camino de su recuperación e hicieron todo el trabajo de encontrar un orden en su vida que no tenía nada que  ver con su falta de autoestima sino mas bien, en la mayoría de los casos, con su falta de apoyos para mantenerse a flote en medio de la confusión. Los efectos de las drogas no son una cuestión de lastima, pena, y condena sino más bien de entendimiento, solidaridad y compresión.