De cuerdos drogados

Es casi mediodía y María enciende su primera pipa de hachís del día. Antes lo mezclaba con tabaco pero desde que le aconsejaron dejar de fumar la pipa se le antoja como su mejor medicación. Hace más de treinta años fue diagnosticada como maniaca-depresiva (trastorno bipolar) y hace apenas diez dejó de tomar cualquier tipo de pastillas aunque acude a su médico de cabecera de forma regular cuando siente o cree que tiene algún problema. Su médico sabe que María fuma hachís como todo el mundo que la conoce y a parte de los consabidos recelos y consejos parece no importable demasiado porque sabe que ella ha permanecido estable sin ningún tipo de crisis durante mucho tiempo.

Ni a sus hijas, ni a su madre, ni a su marido tampoco parece importarles demasiado el remedio que María ha encontrado para mantener su equilibrio ya que es una persona con estudios y ejerció un trabajo estresante y de responsabilidad hasta que se jubiló. Controla su consumo de hachís perfectamente y lleva mucho tiempo asignándose la misma cantidad de su pensión mensual a comprar hachís. Nunca se excede, a veces le sobra, y casi nunca bebe alcohol. Envuelta en numerosos proyectos para promover la salud mental y ayudar a gente como ella que sufre de similares o distintos problemas, María, cree que un gran número de personas que sufren por las drogas y la salud mental lo hacen por falta de entendimiento y también por falta de oportunidades para mejorar sus vidas. Esta última idea siempre la razona desde su perspectiva de vieja izquierdista militante achacando a todos los males la falta de oportunidades.

En las antípodas de María se encuentra Antonio, un poco más joven, quien nunca trabajo y reparte su vida entre centros de día para personas con problemas mentales y grupos de ayuda al que sus amigos le llevan para que siga socializándose y no se quede encerrado en casa emborrachándose para combatir los profundos y serios ataques de angustia que le nublaban y le hacían  perder la razón hasta caer desplomado noche tras noche envuelto en un mar de lágrimas. Su vida ha cambiado últimamente desde que conoció a un alcohólico seco, facilitador de un grupo psicosocial, y se reúne con  más gente como él que le hacen sentirse más persona y querido. Como consecuencia está empezando por primera vez a ser consciente de su alcoholismo y su angustia y sus ataques de ansiedad están poco a poco desapareciendo aunque sigue bebiendo de vez en cuando. Sin embargo quiere dejarlo para siempre.

A caballo entre Antonio y María se encuentra Yan, un joven refugiado político asiático que fue diagnosticado con esquizofrenia al llegar a su país de acogida. Su vida es normal, está involucrado con muchos proyectos para defender los derechos humanos y en sus ratos libres le gusta hacer de DJ y animar fiestas. Yan no bebe pero si fuma hachís como mucha de la gente que le rodea. Cree que no le afecta y los que le conocen no notan ningún cambio brusco de comportamiento cuando esta fumado.

Yan ha tenido un par de recaídas durante los últimos años. Sus amigos siempre están ahí para apoyarle y nunca se ha planteado dejar de fumar porque no lo ve como algo malo. Es más, el está convencido que le ayuda a calmarse y a relajarse y también que sin el hachís su vida sería peor. Contraria a la imagen estereotípica, ignorante y sin fundamento del esquizofrénico violento las experiencias de Yan demuestran que la automedicación no resulta siempre en tragedias personales o sociales y que las crisis pueden ser achacadas a otras muchas razones y no ser inducidas por las drogas. Tal vez el haber sido una víctima de tortura desde niño, tener que abandonar su país y adaptarse a una sociedad que tolera a regañadientes  a los refugiados políticos tenga más que ver con sus problemas mentales.

Por último el caso de Roberto quizás pudiese indicar el más claro ejemplo de cómo la marihuana puede afectar de una forma clara y negativa a la salud mental.

Roberto era un paciente recibiendo tratamiento en un hospital psiquiátrico que se presentó con permiso de las autoridades médicas en una reunión de activistas que debatían como crear un nuevo grupo para promover la salud mental en el municipio. La reunión,  llena de gentes muy variopintas se desarrollaba bastante bien hasta que Pedro comenzó a exponer sus ideas de forma muy agitada, acelerada y un tanto ofuscada que reflejaban su estado anímico. Según él esa reunión no tenía ningún sentido porque lo único que importaba en el mundo era dar marihuana gratis para combatir todos los problemas de la humanidad. 

Manteniendo que había sido legalmente secuestrado por exponer sus ideas al mundo sobre las drogas, Pedro, argumentaba que llevaba fumando marihuana toda su vida y que de todo lo que se le acusaba era una patraña. Sin ser capaz de hilar una idea con otra de forma congruente quiso convencer a los presentes para que se solidarizaran con él y crear una campaña para que la seguridad social comenzase a repartir marihuana a todos los pacientes y después hacer una gran fiesta. Su necesidad de fumar era evidente pues no paraba de decir que desde que había sido recluido sus derechos humanos habían sido violados al no dejarle consumir y no podía sentirse libre como se sentía cuando lo hacía.

Lo más curioso de esa reunión es que ninguno de los presentes achacó a Pedro un serio problema con marihuana sino que más bien todos  entendieron que sus comentarios eran la reacción de una fase maniaca por la cual Pedro en su delirio de grandeza se veía como un salvador llamado a cambiar el mundo.  A ninguna persona que sufre problemas mentales este comportamiento le importa generalmente mucho. Sin embargo para los facultativos constituye una razón para echar la culpa a las drogas y decir “Mira cómo has acabado” o “Mira lo que has hecho”

Todos estos ejemplos señalaron las distintas relaciones que personas con problemas mentales mantienen con las drogas y aunque ninguna ha sido del todo negativa desde el punto de vista de los consumidores, también se podrían escribir libros enteros de gentes que han cometidos autenticas atrocidades bajo los efectos de sustancias definidas como dañinas. Lo que cabe preguntarse entre unos y otros es donde acaba la cordura y racionalidad de la persona y como las circunstancias que rodean a los individuos constituyen el detonante de sus trágicos o a apacibles delirios.