De hipócritas

Siempre que se habla de drogas para condenar a quien las consume desde un punto de vista conservador y radical se afirma que todos aquellos que las usan son vagos y no tienen aspiraciones en la vida. Esto, ni que decir tiene, no es cierto pues las drogas están presentes en todo tipo de estratos sociales y hoy en día ya no existe ninguna droga tipo ligado a ningún status ya que como en el tango sugiere el mundo de las drogas es un cambalache total. Lo que podría ser mas debatible y tener un carácter más práctico a la hora de abordar el problema entre las gentes más vulnerables es que las drogas facilitan el escape en algunos casos y en otros cuestionan los valores impuestos.

Así por ejemplo al juntarse un joven marginal y otro de buena familia y fumar un porro juntos en la mayoría de los casos este ultimo descubre una realidad desconocida en su casa, abriendo los ojos a un nuevo mundo del que sus padres siempre le quisieron proteger mientras que el joven menos afortunado comparte sus penas con alguien que está dispuesto a escuchar y no condenar. La marihuana en ese caso une para compartir historias y en algunos casos incluso despertar la conciencia social de alguien que vivía ajeno a muchas clases de dolores humanos.

Lo negativo de este caso, es como siempre, el consabido rapapolvos de los padres del joven de clase media que no quieren ver a su hijo perderse por las sendas del vicio, alegando que las malas compañías de sus hijo solo lo quieren por su dinero y para ello estarán dispuestos a convertirlo en un adicto. Este es el caso en pequeños pueblos y medianas ciudades provincianas donde todavía a los gitanos, a los emigrantes,  y a los que viven en las barriadas se les estigmatiza y se les ve como diferentes culpándolos siempre por el suministro de drogas mientras que a los niños bien se les ve como a las inocentes víctimas a las que hay que proteger.

Cualquier persona que haya crecido en una pequeña o mediana ciudad, pueblo o aldea en algún momento de su vida pensó que las drogas siempre llegaban por la gente del circo, los vendedores ambulantes, a los que extrañamente se les llamaban hippies, por los malos estudiantes de los colegios públicos o por los marineros más pobres, cuando no por los vagabundos. Lo que esa gente sin duda ignoraba es que, si eso era cierto, las drogas también entraban en los colegios privados y que los DJs y los relaciones públicas de discotecas de moda, que eran siempre de muy buenas familias aunque muy mal estudiantes, eran los primeros en trapichear para hacer negocio y ganarse así un dinero que no necesitaban para subsistir sino solo para comprarse ropa de marca y pagarse las copas los fines de semana.

Este contraste de niño pijo metido a camello claramente daba al traste con la idea la miseria que generalmente rodeaba al mito de las drogas y ni que decir tiene disfrazaba una naturaleza totalmente hipócrita pues al, fin y al cabo, protegidos bajo un halo de respetabilidad los camellines de las clases medias y altas campaban a sus anchas mientras que las gentes más pobres eran perennemente condenadas al ostracismo negándoles, incluso, su presunción de inocencia. De esta forma era común escuchar que si alguien vestía raro era un porrero mientras que si alguien iba a la moda, incluso, si aquellos precios eran totalmente inasequibles para gentes sin oficio ni beneficio, eran personas de fiar. Este tipo de mentalidad también condenaba y sigue condenando al joven con inquietudes sociales tachándolo de traidor a su clase. O sea una especie de “mira con quién andas, pobre diablo, aunque yo me meta de todo con los reyes del mambo” 

Por si todo esto fuera poco a la hora de marcar las diferencias entre crímenes y responsabilidades también convendría añadir que si bien una persona tachada de marginal comete una ofensa vendiendo drogas, todos aquellos que disponen de medios y pueden por ejemplo conducir bajo los efectos del alcohol y otras sustancias su propio coche también comenten delitos más graves contra la seguridad ciudadana. De igual forma la apariencia crea desigualdad. En muchos casos el que va mejor vestido lleva drogas más caras y en mayores cantidades que el que solo puede permitirse ropa de saldos o mercadillos y a duras penas pagarse su propio consumo. Entre ambos casos prima de nuevo el prejuicio de castigar al diferente o al que no está a la altura de vivir acorde a las apariencias de la falsa respetabilidad impuesta. Y por ultimo ni que decir tiene que los contactos y el dinero para evitar problemas con la justicia siempre favorecen al que más tiene como demuestra que el increíble número de gente con  menos medios detenida y encarcelada por insignificantes ofensas.