Dia Mundial Contra el Sida

Cuando era un adolescente me educaron para pensar que el SIDA era el castigo con el que dios condenaba a todos aquellos que se negaban a vivir conforme a sus leyes Sin importar cuánto intenté convencer a mis profesores y mis compañeros que ningún tipo de dios podía inventar un mecanismo de revancha tan cruel para castigar a seres indefensos e inocentes todos mis esfuerzos fueron en vano. El extremo y conservador dogma del Opus Dei y a mayores el de la Iglesia Católica estaba por aquella época creando una diferencia entre esa gente santa y pía que nunca se vería infectada y el resto de los condenados por su estricta e hipócrita moral.

Los consumidores de drogas y los homosexuales eran sus víctimas favoritas.  No solo porque eran la gente a la que había que evitar a toda costa, marginalizándolos como apestados, sino también porque eran los causantes del desmorone de la sociedad tradicional. Una sociedad basada en valores familiares y la santificación del día a día. Las drogas según ellos, eran un pecado porque representaban uno de los mayores símbolos de la cultura hedonística que mataba la vida espiritual, iniciando a sus consumidores en un viaje de autodestrucción y depravación basado en tentaciones sexuales y falsas idolatrías. La homosexualidad, por otra parte, no era concebida como un vicio sino se practicaba pero como una condición innata, una forma de enfermedad cuya única cura era la abstinencia, el arrepentimiento por los deseos impuros, la penitencia y la oración.   

Un sentimiento común de desviación y transgresión social se podía apreciar en ambos casos y hoy después de casi 20 años de mi paso por el colegio las cosas no han cambiado lo más mínimo ya que tanto la educación sexual como la educación en materia de consumo de drogas siguen brillando por su ausencia en los colegios católicos a pesar de que sigue habiendo alumnos homosexuales y cada vez los adolescentes empiezan a consumir más jóvenes.

Mi primera experiencia real con el SIDA me costó un buen amigo, una depresión profunda un severo sentimiento de odio hacia mi  mismo del que todavía estoy tratando de librarme cuando de vez en cuando aparece en mi memoria como un verdadero tormento. Mi amigo era un trabajador del sexo, algo que nunca me importo demasiado ya que en más de una ocasión lo acompañe a buscar clientes. Su vida estaba perfectamente planeada, sabía lo que estaba haciendo y quería convertirse en un diseñador de moda. A mis ojos él era un moderno Karl Lagerfeld y de hecho todavía hoy pienso que hubiese sido capaz de conseguir todo lo que se había propuesto.   

Antonio, no su nombre real, fue como un maestro para mí en muchas cosas, concia a todo el mundo, todas las discotecas, los bares y estaba siempre feliz y listo para irse de fiesta. Compartimos muchas confidencias, sueños, proyectos y muchas muchas cosas más. Cuando me dijo que era positivo sentí el mundo pararse delante de mí. Como sin salir de ningún lugar las voces de mi horrible pasado empezaron a retumbar en mi cabeza y de pronto todo lo que pude escuchar fue el veredicto de culpable. De pronto me di cuenta que tenía que estar allí para darle mi apoyo prescindiendo de estúpidas supersticiones religiosas. Pero una noche después de una fiesta tuvimos una conversación en la que no pude ocultar mi enfado y angustia por lo que le había pasado y sin ningún tipo de consideración culpé  a la forma en la que había vivido durante los últimos años  por su enfermedad. 

Mi intención no era condenarle, tan solo intentaba explicarle que había una forma de vivir con el SIDA sin pensar en la muerte. Mis palabras, sin embargo, no parecieron seguir mis intenciones y en lugar de animarlo le dije que su promiscuidad, sus drogas y su obsesión con el dinero y la moda lo habían destruido. Después de eso me dijo que jamás volvería a hablarme y que nunca se hubiese podido imaginar esa reacción de mí. Siendo como soy, me sentí incapaz de pedir perdón y para mi mayor pena no lo he vuelto a ver desde aquel día. Pero cuando pienso en todo lo que me contó de sus mejores clientes, sus drogas, sus maratones sexuales y de cómo me describió el código secreto del sexo sin condón solo me puedo sentir triste al mismo tiempo que feliz por una persona que luchó duramente en la vida a su manera.     

Ahora no creo que el problema de Antonio se debiese a ser gay, tomar drogas o incluso ser un trabajador sexual, después de nuestra última conversación aprendí a no juzgar ni a él ni a nadie más. Sin embargo nunca olvidaré una tarde cuando me presentó a otro amigo positivo como alguien a quien no le importaba sus condiciones. Eso me hizo sentir orgulloso de nuestra amistad y también de ayudarlo con mi apoyo. Después de perder contacto con Antonio conocí a otro chico que también era un trabajador del sexo y que también un par de años más tarde fue diagnosticado con SIDA. Este chico no quería un diseñador de moda y para ser sincero sus únicas ambiciones en la vida eran hacer dinero fácil para irse de fiesta a todas horas. Recuerdo una vez cuando llamé a su puerta que me abrió muy excitado y totalmente fuera de sí diciéndome que no debería hacer eso porque había alguien persiguiéndolo. En aquel momento no estaba al corriente de los efectos que Tina producía pero estoy totalmente que estaba bajos los efectos de la cristal meth. Su historia fue bastante común y bastante triste al mismo tiempo. Un chico joven y atractivo de provincias que se mudó  a la gran ciudad donde cada predador lo usó  y abusó hasta la saciedad hasta que se dio que estaba infectado sin ningún lugar a donde ir y ninguna otra opción más que volver al lugar que dejo atrás. Una vez más no estoy criticando a nadie pero si condeno a la gente que le dio la espalda y también a la frivolidad del mundo en el que vivió.                

Con todo esto quiero decir que la promiscuidad, las fiestas y las drogas per se pueden ser una mezcla peligrosa si la gente no sabe cómo controlarlas y que muchas veces la estrecha línea entre pasar un buen rato y cometer un error irreparable es muy difícil de ver debido a la falta de responsabilidad. Esto puede sonar como un cliché pero la desinhibición no siempre funciona por igual para todas las partes. Por ejemplo en algunos encuentros sexuales los miembros de las parejas más privilegiados pueden usar drogas para reducir la capacidad de resistencia de sus amantes menos experimentados. En otros casos, como en la industria del porno, gente sin escrúpulos obliga a los actores drogados a realizar escenas de sexo sin condón para transmitir un mensaje de que todo vale en el sexo a pesar de todo lo que se ha venido advirtiendo en los últimos años sobre la necesidad y urgencia de tener relaciones seguras.

 Al final toda la gente infectada parece desaparecer de la escena como fantasmas recluidos en sus vidas pasadas. Es como si de pronto se vieran forzados al exilio dentro de una comunidad que ha vivido marginalizada durante mucho tiempo. Los homosexuales con SIDA sufren una doble estigmatización, una por su orientación sexual y otra por su condición positiva.  En el último día del orgullo celebrado en Londres donde se celebraban los 40 años del Gay Liberation Front uno de sus miembros fundadores reclamó desde el escenario las voces de todos aquellos viviendo con el virus y mientras que toda la gente le dio una gran ovación uno no puede por más que quiere olvidar que en las páginas de internet todavía hay mucha gente que busca sexo sin condón con personas no positivas. Una actitud que sin ningún tipo de duda pone de manifiesto la hipocresía de aquellos que después de haber sido discriminados en algún momento de sus vidas  discriminan ahora por motivos de salud. Paradójicamente esos que estigmatizan parece que no han aprendido la lección después de haber sido tratados durante tanto tiempo como desviados y pervertidos.

En el mundo de los consumidores de drogas, que no distingue de sexos, en el mundo de las cárceles y en el mundo de la prostitución las victimas y profesionales dedicadas a la curación, rehabilitación y educación deberían tener en cuenta que la prevención es el arma más importante  para evitar la transmisión de la enfermedad por ese motivo políticas de minimización de riesgos deberían ser implementadas y bienvenidas por todas las instituciones al mismo tiempo que garantizadas. Noticias que llegan, por ejemplo, desde las cárceles de las antiguas republicas soviéticas donde cualquier tipo de medidas paliativas o preventivas brillan por su ausencia hacen pensar que el enemigo no solo se disfraza de moral católica sino que también se esconde detrás la falta al respeto de los derechos fundamentales de los individuos.