Educar sobre drogas

Las conclusiones de un estudio elaborado recientemente por la Universidad de Santiago de Compostela, España, titulado ¿Tienen una personalidad distinta los adolescentes consumidores de psicoestimulantes? Demuestra que los autores podían tranquilamente haberse ahorrado el esfuerzo de realizarlo y compendiar de una forma un poco menos tradicional, moral y conservadora el sobresabido discurso anti-drogas para así ser un poco más originales o no repetir de forma sistemática lo que todo buen padre se teme si su hijo “cae en ese mundo”

Al parecer según el artículo  todos aquellos adolescentes que consumen cocaína o éxtasis son más rebeldes, rudos, oposicionistas con tendencia limites y  también más proclives a cometer actos delictivos. El primer comentario sobre estas conclusiones parece lógico y en cierta forma da razón a los autores pues es cierto que consumir drogas es un crimen. Lo demás no deja de ser paradójico si también se tiene en cuenta que la gente que no consume drogas es definida como conformista.  O sea que al final va a resultar que los que toman drogas son los malos de la clase que suspenden todo y los que no son los buenos estudiantes que hacen las carreras de medicina, ingeniería, arquitectura o también son admitidos en las mejores escuelas de negocios y pueblan las facultades de derecho para convertirse en jueces, fiscales abogados de empresa y políticos para seguir manteniendo el buen orden establecido.

Esta última idea en los tiempos que corre contrasta de una forma clara y contundente con las características atribuidas a los consumidores de drogas ya que el artículo define como las causantes de “la apariencia, el temperamento y el comportamiento del trastorno de la personalidad antisocial, el sádico, el negativista y el límite”. Características que, en realidad, son más propias de abogados sin escrúpulos que defienden a banqueros cuyo mayor placer en su vida es sangrar al ciudadano de a pie para seguir alimentando el placer de incrementar su fortuna. A este grupo también, cómo no, se  deben añadir a los fiscales que victimizan a quienes ya no pueden más y protestan  y a los jueces que condenan y sentencian a los que se rebelan contra la injusticia social. Asimismo conviene añadir que el más claro ejemplo de personalidades públicas viviendo al límite con un carácter puramente negativista son los políticos quienes con sus mentiras ofrecen una idea falsa de progreso basada en la dichosa “salida a la crisis” a través de la más que fallida reinvención del caduco modelo neoliberal. Tal quimera les permite perpetuarse en el poder alimentando el miedo originado por el gasto del estado del bienestar ofreciendo inútiles planes de recuperación a corto plazo para que otros no les quiten el puesto.

Contrastar los efectos psicológicos de las drogas en los adolescentes con una crítica político-social de la crisis basándose en un informe académico que no aporta nada nuevo a la realidad de las drogas debería servir  para que esas etiquetas de comportamiento y actitudes que el artículo describe siguiendo el modelo MACI ( Millon Adolescent Clinical Inventory) fuesen entendidas como no determinantes para concluir la relación causa-efecto entre drogas y comportamiento pues de todos es sabido que la relación entre el individuo y su entorno no está del todo determinada por la propia voluntad sino que existen un conjunto de factores y fuerzas externas determinando las acciones. 

En el caso de los adolescentes la realidad es mucho más compleja que en la de los adultos pues la adolescencia como  tal no deja de ser un discurso de reciente creación, un invento que primero fue comercial en los EEUU (Elvis, Marlon Brando y cazadora de cuero, James Dean, etc.…) y que después se nacionalizó y amoldó en cada país siguiendo los distintos regímenes morales de los tiempos hasta que al final hoy en día se entiende como esa edad de tránsito donde cada joven parece jugarse su futuro sino toma, a cada instante, la decisión correcta aunque no sea lo suficientemente maduro para saber lo que quiere. Por un lado para unos la sociedad pide mercado, consumo, lucha y competición, para otros, diversión y menos esfuerzo. Es entonces cuando las visiones negativas sobre las drogas como las que promueven este artículo juzgan y condenan a los jóvenes consumidores desde un punto de vista retrogrado porque quieren el control y abogan por un modelo restrictivo sin tener en cuenta que cada adolescente empieza a desarrollar un capital cultural que las drogas bien pueden estimular y engrandecer o también empequeñecer según decidan qué hacer con sus vidas, según donde, cuando y con quien decidan tomarlas y según lo que deseen hacer con ellas.

Algunos querrán tomarlas los fines de semana, tener sexo, perder un poco la razón y volver al lunes con nuevas energías, otros querrán expandir horizontes y experimentar y otros más, entre otras razones, querrán estrechar su pertenecía al grupo que les rodea y les hace sentir seguro. El problema por tanto no son las drogas en si sino mas bien el saber qué hacer con ellas, como tomarlas cuando parar, tener la necesaria información para saber que drogas sientan bien a cada uno y cuáles no además de tener la perfecta seguridad que un adulto responsable les aconsejara acabando con esa tan típica actitud adolescente de creerse que lo saben todo. Con educación y prevención de daños se conseguirá un mundo más seguro para los jóvenes y se discriminará y excluirá mucho menos una vez que se entienda que el espíritu de la adolescencia es tan libre que no puede ser metido en cajas ni etiquetado por viejas normas del poder psiquiátrico establecido.