El precio de la inconsciencia

De nombre poco común y vistosa sonrisa. Siempre subido en su bicicleta de color rojo saludando a diestro y siniestro por las calles de su pueblo gallego. Popular entre los jóvenes de su edad, y rompecorazones por defecto. Amante del deporte y un angelito cuando frotaba con su arco el violín. Dispuesto, alegre, participativo y educado en el seno de una familia acomodada. Inteligente, destacaba por su compañerismo y unas notas espléndidas en el colegio religioso donde estudiaba. Hablamos de un apuesto moreno, de dieciséis años y con numerosas aspiraciones tanto deportivas como académicas. Que al final solo se quedaron en eso, meras aspiraciones.

Un pequeño cambio de aires, de tan solo unos 12 kilómetros, dio un giro trascendental a su vida.  Una rubia de larga melena y cara dulce se cruzó en su camino. En principio todo parecía normal, una  pareja modelo que levantaba envidias en los bis a bis de la comarca. Este nuevo amorío trajo a la vida de Fadrique nuevas compañías, amistades peligrosas con las que se adentraría en el temeroso e impredecible mundo de las drogas. 

Un adolescente, consumidor de hachís de fin de semana, que empezó a cambiar sus hábitos a pasos agigantados. Los viernes y sábados cocaína y éxtasis. El resto de la semana alternaba entre fumar hachís y marihuana, es decir, “drogas blandas”. Cambió a la rubia de melena larga y grandes ojos verdes por otra inquilina en su cama, que variaba día tras día. Cambió el violín por dj´s de música techno en raves y discotecas rebosadas de gente sudando que ni siquiera se esconde a la hora de meterse una raya. La bici roja se perdió en el olvido, siempre había un “colega” que te recogía en moto. Sin casco, por supuesto. Y ya nunca más volvió a dar clases de taekwondo, que solo lo ponía en práctica en las múltiples reyertas de sábado noche. 

La fiera se volvía indomable. Repetidas faltas de asistencia a clase, distanciamiento casi absoluto de las antiguas y buenas amistades y consumo diario y agresivo. La tensión ya se hacía notar en el ambiente familiar, pero las mentiras y la desobediencia habían sustituido al respeto y la disposición. Unos padres que empiezan a darse cuenta demasiado tarde. 

Después de un año, de idas y venidas, la suerte de Fadrique cayó en picado. Una sustancia adulterada por el demonio se apoderó de él y le quitó la parte racional de la vida. Acabó con sus palabras, sus risas, sus ilusiones y su futuro. Un futuro que se presentaba negro, ante la desesperación de unos padres que sin haberse dado cuenta habían “perdido”  a su hijo. Tratamientos, centros de internamiento y castigos por la fuerza no han sido suficientes para devolverle a su estado original. En un principio solo provocó un empeoramiento pero con el tiempo se ha notado cierta mejoría. 

Ahora tiene 24 años, orientación laboral muy limitada, por no decir nula, debido a su estado, es vigilado por sus padres con cuatro ojos y con horarios muy restringidos. Sus amigos de toda la vida se ocupan de vigilar que no beba alcohol cuando sale y le compran un bocadillo o le dan un cigarro cuando les mendiga porque no tiene disposición económica. Por precaución, y porque en algunas ocasiones ha vuelto a arrimarse a compañías “non gratas” que le han puesto muy fácil recaer. 

A su madre le han caído veinte años encima, desaliñada y con cara de pocos amigos se ocupa de que su hija pequeña siga recta por su camino, sin desviarse de sus objetivos y sin olvidarse de lo que sus padres han trabajado para poder darle un futuro, cuanto menos, acomodado. 

A mí, como una de las amigas de aquel niño que era reflejo de alegría y bondad, se me cae el mundo a los pies cada vez que lo veo. Ahora me conoce, me llama por mi nombre y hasta podemos hablar durante cinco minutos. Ha llegado a pedirme una cerveza solo para olerla o a pasar por mi lado en la calle y no conocerme. 

Este es el triste final de una persona alegre, que por jugar con fuego acabó quemándose. Esta es la cruda realidad de lo dañinas que pueden llegar a ser las drogas aunque creas que las tienes controladas. Hoy te toca la china y pagas el pato el resto de tu vida, sin necesidad previa. Un sin sentido para un niño de 18 años que creía divertirse como el resto. Eso es lo que no puede hacer ahora, divertirse como el resto.