La coacción de las drogas y el sexo

Las mujeres que consumen drogas y se ven forzadas a recurrir al trabajo sexual en las calles  para sostener su hábito son víctimas de la coacción y el abuso de poder de quien controla su sexualidad  y sentimientos para fines propios. 

Muchas veces cuando una trabajadora sexual comienza a contar sus experiencias con las drogas generalmente hace referencia a la persona que le obliga a vender su cuerpo y a los abusos y exigencias que recibe de ella, como por ejemplo estar al menos con cinco clientes en una noche a cambio de de 30 euros o no usar medidas anticonceptivas. Muchas de estas demandas provocan enfermedades e infecciones de trasmisión sexual que ni las trabajadoras saben que tienen porque no han podido contárselo a nadie o porque aguantaron el dolor hasta el último momento para evitar lo que ellas mismas creían ser un motivo de humillación para sus hijos y  seres queridos.

El dolor a veces es tan insoportable que el miedo a haber “pillado” algo porque el “fuego” que sienten por dentro es tan grande que la angustia y la desesperación acaba transformándose en lágrimas inconsolables hasta que el profesional ofrece ayuda en forma de análisis, tratamiento y alternativas a la manera de sostener y reducir poco a poco el consumo y recuperar la libre voluntad para ser capaz de decir no y plantarse ante el abuso.

 Todo esto debe venir con un empoderamiento de las afectadas y nunca nadie las debe hacer sentirse vilificadas o excluidas del resto de la sociedad pues su voluntad quedó en muchos casos doblemente coaccionada por terceros sin que ellas pudieran hacer nada para evitarlo.  

Una doble coacción  que mejor se entiende en forma de la figura del hombre abusador que ejerce su control suministrando el dinero o la droga según su antojo y conveniencia sin importarle para nada las necesidades o sentimientos de su víctima. Así por ejemplo, cuando un camello ofrece una dosis gratis a cambio de una felación para después limpiarse las manos y obligar a pagar por ella o cuando los clientes fijan el precio del coito atendiendo a la necesidad in extremis de la trabajadora las mujeres se ven obligadas a capitular sin condiciones o enfrentarse a castigos tales como ser enviadas, en su ignorancia, a vender papelinas a policías de paisano para después ser arrestadas y aprender su lección en la cárcel.

Recurrir al trabajo sexual como imposición a las órdenes de un proxeneta y estar a la merced de los camellos lleva a la consabida sumisión por no decir esclavitud de la que sin ayuda es muy difícil salir. Recuperar el amor al propio cuerpo y retomar la voluntad para hacer con él lo que se quiera es una larga meta para la que se necesita preparación. La brutal dependencia física de las drogas se mezcla con la todavía más insoportable dependencia emocional de no solo no sentirse querida sino además el tener que evitar en todo momento el castigo y la humillación por no hacer lo que de la trabajadora se espera, sin que ella tenga la autoridad para decir cómo, cuando y donde. 

A todo esto, también, se le debe añadir que muchas trabajadoras sexuales son madres y las amenazas pueden caer sobre sus hijos o también, algo infinitamente más humano, como es el compaginar la vida familiar con las complejas necesidades que crea la adicción,  levantarse por la mañana con la angustia de saber si la droga que sobró la noche anterior será suficiente para empezar el día, si se tendrá que ir a pillar más, si habrá  suficiente dinero, si se podrá  conseguir un cliente a tiempo o si por el contrario se tendrá que hacer un “trabajo” robando algo en una tienda para conseguirlo, no es nada sencillo y requiere un gran esfuerzo.

Muchas veces estos esfuerzos se van al garete cuando las trabajadoras sexuales son enviadas a la cárcel y sus hijos descubren la realidad oculta o simplemente cuando los servicios sociales disponen de ellos aumentando el trauma de tanto madres como hijos pues estas ven en ellos una motivación especial que le obliga a seguir adelante deseando un futuro mejor que a de esta forma se ve troncado de forma drástica con la pérdida de sus seres queridos.

Romper con la figura del abusador, chulo, proxeneta no es tarea fácil porque el miedo que se crea en la victima es tan fuerte que hasta que esta por fin decide tomar la decisión vive paralizada en un continuo mundo de incertidumbres pues el sentimiento más frecuente es el de pensar que nada de lo que tiene es de ella y que todo lo que posee es gracias a ese extraño personaje que algún momento lejano se presentó como un benefactor.

La huida hacia delante, sin embargo, es siempre posible hasta que al final se encuentra la libertad tan deseada. Y aunque el camino este lleno de centros de acogida, trabajadores de drogas, asistentes sociales, en algunos casos profesionales de salud mental siempre se encuentran también mujeres que han pasado por lo mismo que saben escuchar y que han hecho de su experiencia una forma de entender la vida de forma más solidaria.