La locura con tabaco

Son las siete y cuarto de una fría mañana de marzo en un hospital psiquiátrico cualquiera de Londres. Para muchos de los pacientes la llamada de las enfermeras no supone mucho en sus rutinas sin embargo para Lucy y las pocas amigas que ha hecho desde que fue internada la hora significa el primer cigarrillo del día y bajo ningún modo podrá  permitirse el no estar lista y bajar escoltada al patio a fumar ya que el siguiente oportunidad para poder hacerlo no ocurrirá hasta las dos de la tarde.

Sin el derecho a tener un mechero para encenderse los pitillos, Lucy, tendrá que pedir fuego al vigilante de turno que de este modo se asegura  que las pacientes no fuman más de cuatro cigarrillos al día. El descanso dura no más de cinco minutos y casi siempre hay disputas porque las mujeres agobiadas por las prisas no pueden disfrutar del primero de la mañana sabiendo que tendrán que esperar al menos otras casi siete horas para disfrutar de otros estresantes cinco minutos de evasión.

Las repuestas de los vigilantes, como siempre en esos sitios, son siempre la mismas “Lo hacemos por vuestro bien porque sabéis que el tabaco es malo”. Lo que de verdad ignoran al dar esta respuesta, aparentemente tan compasiva, es que en realidad al privar a la gente de sus cigarrillos les producen una sensación de estrés y falta de libertad todavía mayor a la de estar encerradas en los pabellones psiquiátricos pues controlar el acceso a una sustancia que ayuda a combatir la ansiedad y a relajar los nervios derivados de la hospitalización implica que hasta para obtener un instante de calma y un breve momento de placer las pacientes deben pedir permiso o someterse a unas reglas como si de de unas simple prisioneras se tratase.

Lo más curioso de esta comparación es que en las prisiones inglesas sí está permitido fumar y de ello se deduce que el tabaco no es un beneficio por buena conducta o un mecanismo de control mientras que en el caso de los psiquiátricos el racionamiento de la nicotina implica un régimen disciplinario al que los pacientes se les obliga a someterse para intentar regular su salud mental a través del horario asignado para controlar sus necesidades y vicios. 

Para ponerlo de otra forma, esta imposición de los cuatro cigarrillos al día es una especie de reducción de daños ideada sin mucho sentido por dos motivos. El primero, como todos los estudios han coincidido en señalar, mantiene que la violencia y las tensiones han aumentado desproporcionalmente en los pabellones psiquiátricos desde que alguien tuvo  la brillante idea de imponer las restricciones y el segundo, todavía más indicativo, si cabe, afirma que cuando los pacientes son dados de alta vuelven a fumar las mismas cantidades que fumaban antes de ser ingresados.

Esta evidencia sugiere por tanto que el tabaco, es bueno para algunas gentes ayudándolos a  combatir las consecuencias de los problemas mentales  y además que intentar racionar el numero de cigarrillos y sumergir a los fumadores en una rutina ficticia para educar sus mentes y crear hábitos inútiles como son el primer pitillo de la mañana, después del desayuno, el siguiente después de la comida, el tercero a las siete de la tarde después de la cena y el último a las nueve antes de irse a la cama condicionan a todos los pacientes a crearse un ritmo de vida marcado por su adicción y no por su libertad para decidir cuando quieren fumar o cuando no.

La manera en la que este régimen parece funcionar es en la de intentar racionalizar el vicio/placer de fumar en función a las necesidades básicas de todas la personas (comer y dormir) olvidándose que en el medio la vida discurre por muchos derroteros.

Por este motivo, por ejemplo, cabe preguntarse por qué a los pacientes no se les deja fumar después de tomarse la medicación para contrarrestar las consabidas malas reacciones que todas las pastillas tienen en el primer momento de hospitalización o por qué no tampoco después de una terapia de grupo o después de ver una película o en una sala especialmente habilitada para fumadores donde puedan llevar a sus familiares y amigos.

Volviendo a las cárceles y al derecho que tienen los presos a fumar cabe decir que a estos les está permitido fumar porque las celdas son su residencia. En el caso de los pabellones psiquiátricos, por ser de naturaleza distinta a otros hospitales, salitas especialmente acondicionadas para fumadores como había en el pasado podría garantizar una mejor integración de los pacientes que como Lucy y sus amigas forjaron sus amistades entre el estrés y el agobio por compartir un momento de tranquilidad en las frías mañanas, tardes y noches de una primavera que nunca parecía llegar, intentando escapar de la monotonía del encierro rutinario.