La política de la metadona

Últimamente, la actitud del Gobierno del Reino Unido hacia el uso de la metadona como tratamiento de la adicción a la heroína ha cambiado radicalmente. El resultado ha sido un nuevo énfasis en la “recuperación”, entendida como un proceso de transición que debería conducir a un estilo de vida completamente "libre de drogas”. Muchos de los servicios de rehabilitación en el Reino Unido están presionando a sus pacientes para que reduzcan, o supriman, rápidamente su consumo y dejen los opiáceos por completo, en lugar de ofrecer mantenimiento a largo plazo, o por tiempo indefinido, con metadona prescrita, que era como se enfocaba el problema en un principio.

Esta nueva situación ha condicionado la aparición de dos facciones con enfoques  opuestos. Una de ellas es la facción que argumenta que el tratamiento con metadona implica esencialmente la sustitución de una adicción por otra. Los partidarios más prudentes de esta facción consideran la metadona como una herramienta que debe utilizarse a corto plazo y con moderación. Los más extremistas opinan que no se debería utilizar la metadona en un tratamiento de rehabilitación.

Los que se oponen a este enfoque sostienen que la metadona es mucho más valiosa terapéuticamente de lo que tales puntos de vista sugieren, y destacan las sólidas  pruebas científicas que apoyan su uso. Este enfoque se muestra partidario del método de “mantenimiento”, que entiende la metadona como una especie de "insulina" que alivia la "diabetes" del adicto, metafóricamente hablando. La sustitución de la heroína por la metadona permite que el paciente vuelva a funcionar con normalidad, sin las ansias y los síntomas que provoca la abstinencia. Esto les rescata también de los riesgos penales y de salud que puede acarrear su dependencia en el mercado ilegal de drogas.

Las dos posiciones presentadas en este artículo dan una idea básica del acalorado debate que se está produciendo entorno al tema  en el Reino Unido y muchos otros países. Nuestra intención es explorar el terreno que existe fuera de este conflicto entre posiciones opuestas.

 A  los que no saben nada sobre adicción y su tratamiento, podría parecerles extraño que una opción terapéutica esté causando tal  ofensiva de opiniones. El hecho es que esta lucha refleja la saturada moralidad que rodea el campo de la política de drogas, donde creencias opuestas acerca del uso y abuso de drogas sustentan la opinión de aquellos en el debate.

Uno de los principios básicos de la  medicina tradicional es que la terapia y los tratamientos deben adaptarse a las necesidades de cada paciente. Este, por supuesto, también debería ser el caso con los tratamientos de rehabilitación. Es poco probable que el enfoque “terapia talla única"  produzca los mejores resultados para el paciente. Y esto es lo que sucede:

Primer caso: Preparando el camino al infierno

Conozco personalmente  el caso de un individuo (llamémosle Juan) que tras haber seguido un tratamiento con metadona durante varios años consiguió dejar de  inyectarse estabilizando así su vida y  recuperando su salud. Con ello también abandonó los delitos menores que financiaban  su adicción a la heroína y encontró un trabajo de media jornada. La vida de Juan había dado un giro positivo por primera vez en diez años y eso le hacía sentirse bien. A continuación, un jefe médico nuevo llegó a su servicio de tratamiento. Este médico opinaba que la metadona no era mucho mejor que la heroína de la calle, sólo otro tipo de adicción patrocinada en esta ocasión por el Estado. A Juan se le dijo con una semana de anticipación que su dosis se iba a reducir a cero durante los próximos meses. Cuando Juan protestó, le dijeron que debía tomarse el tratamiento como "un reto", que lo estaba haciendo muy bien, pero que ahora era el momento ideal para alcanzar la abstinencia total, no sólo de heroína, sino de todo tipo de drogas.

Juan no estaba del todo contento con esta nueva perspectiva, ni tampoco con el hecho de que sus propios sentimientos y deseos no se estaban tomando en cuenta. Tampoco podía oponerse a ello, así que trató de sacar el mejor partido de esta reducción forzada en su dosis. Sin embargo, pronto descubrió que no podía hacer frente a las molestias que la abstinencia total le causaba (el aspecto psicológico era el más problemático), y por primera vez en muchos años sentía de nuevo la ansiedad de tomar heroína .Se le proporcionó asesoramiento para ayudar, pero no funcionó. Juan sentía que el consejero simplemente no entendía por lo que estaba pasando. El final de la historia es predecible. John pronto empezó a usar de nuevo heroína adquirida en la calle, atrapado en el viejo ciclo de comprar, usar, conseguir el dinero para comprar (con frecuencia robando). Seguro que este no era el tipo de recuperación de su médico tenía en mente, pero fue lo que pasó.

Segundo caso: cascando nueces con un mazo

Vamos a considerar ahora la historia de Jill, otro caso con moraleja. Jill, treintañera, estaba deprimida por el estado actual de su vida, el piso en el que vivía, su trabajo aburrido que además odiaba y la rutina de su soledad. Por casualidad, descubrió que el uso de medicamentos que contenían codeína, y asequibles sin receta, la ayudaban a sentirse menos estresada. Al principio, comenzó a usar un poco los fines de semana, pero pronto se convirtió en un ritual diario. Jill compraba medicina para la tos, pastillas para el dolor de cabeza, de muelas, gripe. Se inventaba cualquier pequeña enfermedad para persuadir al farmacéutico de que la necesitaba. Pronto las farmacias locales empezaron a sospechar de la adicción “secreta” de Jill. Después de muchas vacilaciones, porque ella era "una mujer común y corriente, no una yonqui”, decidió acercarse a su servicio local de tratamiento de drogas. Tras una breve consulta con un asesor de drogas y un médico con escasa experiencia en la materia, se le recomendó un tratamiento con metadona. Su temporal dependencia de la codeína fue así sustituida por una fuerte dependencia de la metadona, que tenía que recoger y tomar en la farmacia a diario. Así fue como  uno de sus vecinos la vio, y pronto el rumor de que Jill era una adicta se difundió por todo su edificio. Su depresión pronto se agudizó aún más y su vida  se desintegró. Las intenciones de su  asesor habían sido buenas, pero una vez más los resultados de la intervención probaron ser desastrosos.

¿Cuándo es un medicamento más que un medicamento?

Estos dos desafortunados ejemplos ponen  en duda que la prescripción de metadona, o falta de ella, sea la medida más apropiada a tomar para los individuales afectados. Mientras que a John se le debería haber permitido permanecer en su tratamiento de rehabilitación con metadona hasta que él mismo se hubiera sentido preparado y capaz de dejarla por completo, Jill no tenía ninguna necesidad de haber sido tratada con dicha sustancia. A  ella se le debía  haber ofrecido un tratamiento basado en el apoyo y el asesoramiento, para ayudarla a eliminar su ya de por sí  baja dependencia  de la codeína, antes de que la infelicidad que trataba de aliviar con su uso de la sustancia se agravase aún más. El problema es que la naturaleza conflictiva del tratamiento de drogas tiende a hacer que se opte por una respuesta universal, un tratamiento única para todos los casos.

En el Reino Unido esta situación ha empeorado, ya que la discusión sobre el tratamiento que debe ofrecerse ha quedado atrapada  en un debate entre los dos principales partidos políticos parlamentarios. El anterior gobierno laborista hizo mucho para mejorar y ampliar el tratamiento de drogas en Gran Bretaña, a pesar del hecho de que la intervención en sí misma se manejó en ocasiones con torpeza. Su logro más importante fue  mantener el tratamiento con metadona políticamente respetable. El actual gobierno británico, una coalición dominada por los conservadores, se ha  aprovechado de la reacción popular contra la metadona para adoptar lo que se conoce como " movimiento de recuperación”, un gran movimiento contra el tratamiento de sustitución en el que algunos de sus defensores sostienen puntos de vista extremos sobre el tema. El actual gobierno considera el tratamiento con metadona como parte de la campaña del partido laborista para que el estado subsidie a los drogodependientes. La cuestión de cómo y cuándo se debe usar la metadona en el tratamiento de la adicción se ha ligado últimamente  a la antigua  guerra de decisiones sobre cuestiones de  intervención del Estado, la responsabilidad personal, el papel de los "expertos" en el gobierno, y otra serie de vínculos sin  respuesta. Desde el punto de vista del humilde paciente esto no es positivo.

Esto significa que cuando los médicos prescriben la metadona, pueden sentir que están, al mismo tiempo, prescribiendo la esclavitud de este químico  financiada por el estado, el abandono de la responsabilidad personal y, probablemente, la legalización de dicha sustancia. El médico que da a su paciente una dosis de amoxicilina puede considerarse  afortunado ya que se libra de dicha carga trascendental. Uno sólo puede esperar que la sencilla práctica de proporcionar atención médica adecuada a las necesidades y deseos individuales del paciente finalmente prevalezca sobre estos compromisos estrictamente ideológicos. Si, como sociedad, vamos a tratar los problemas relacionados con el consumo de drogas en el marco de un modelo médico, entonces hagámoslo bien. El primer paso consiste entonces en mantener la mano dura de los políticos fuera de la sala de consulta.