Latinoamérica tiene que hablar más alto, una entrevista con Mike Trace

Mike Trace ha dedicado parte importante de su vida a lidiar con los problemas desencadenados por las drogas en el Reino Unido. Su trabajo comprende desde programas de desintoxicación y rehabilitación para adictos, hasta diseño de políticas públicas para combatir el crimen y representar al gobierno de su país en el debate internacional sobre políticas de drogas.

Recientemente, estuvo de visita en Brasil no sólo para conversar con miembros de la administración Lula sobre el tema, sino para compartir su experiencia con la naciente Comisión Brasileña sobre Drogas y Democracia. En la primera parte de esta entrevista, Trace habla de la necesidad que tiene América Latina de organizarse como región para hacer oír su voz ante Naciones Unidas y del debate del tema en Brasil. En la segunda parte, explica las estrategias del Reino Unido para bajar la criminalidad desencadenada por dependientes de la heroína y los desafíos actuales de ese país para enfrentar el amplio consumo, principalmente de marihuana.

En la actualidad, Trace es director ejecutivo del, Rapt, Rehabilitaron for Addictes Prisioners Trust, uno de los mayores prestadores de servicios de tratamiento de toxico dependientes del sistema penitenciario del Reino Unido y presidente del Idpc, International Drug Policy Consortium, una red global de organizaciones no gubernamentales que busca promover una política de drogas más humana y eficaz.

Últimamente han aumentado las voces discordantes en cuanto a la política internacional de guerra contra las drogas. ¿Cómo funcionan las dinámicas sobre el tema en las Naciones Unidas y hacia dónde está caminando el proceso?

Los 190 países de Naciones Unidas han apoyado la guerra contra las drogas durante los últimos 50 años pero en desde hace 10 años, algunos países han comenzado a decir: ‘bueno, lo que hemos hecho a nivel nacional y lo que hemos aprendido de nuestras propias experiencias nos ha apartado de ese abordaje general’. Otros países continúan defendiendo en Viena una postura fija en cuanto a la guerra contra drogas. El Reino Unido está en el primer grupo; somos uno de los países que se siente más cómodo con proponer un cambio en Viena, lo mismo que Alemania, que este año en la reunión de la Comisión de Estupefacientes lideró una protesta contra la idea de dejar fuera de la declaración política de la Comisión el concepto de reducción de daños, lo cual fue respaldado por otros 26 países.

¿Por qué cree usted que Brasil no estuvo entre los firmantes?

Brasil no ha tenido una voz muy fuerte en los debates más recientes. Resulta interesante porque en 2005 y 2006 Brasil manifestó más abiertamente que quería discutir el tema de la reducción de daños, ya que tiene un programa exitoso en ese sentido. Si Brasil no firmó esa declaración propuesta por Alemania y los otros 26 países no creo que sea porque se opone a esa protesta, sino que no quería crear ninguna controversia. En América Latina sólo firmaron Argentina y Uruguay.

¿Es difícil para América Latina asumir una posición de liderazgo en el tema de las drogas dados los problemas que tiene en ese ámbito?

Es difícil para todas las regiones llegar a un consenso en este sentido. En Europa tenemos 27 países, cada uno con su posición, pero la Unión Europea cuenta con un cuerpo ejecutivo que tiene una estructura donde se discuten las diferencias y se llega a posturas compartidas. En América Latina el problema es que los países están representados por una estructura que se llama GRULAC -Group of Latinamerican Countries- pero éste no tiene una estructura ejecutiva que pueda resolver eficientemente las cuestiones. Por eso no hay una voz fuerte viniendo de Latinoamérica y en los debates internacionales siguen predominando las posturas de Norteamérica, Europa occidental, Rusia y Japón.
 
¿Cómo salir de ese atascamiento?

Hay que estudiar qué hay común entre todos los países. Hay desafíos muy prácticos, por ejemplo, establecer qué mecanismos hay  para permitir el debate intergubernamental entre los países latinoamericanos. El único mecanismo de ese tipo es la OEA y más exactamente la Cicad, Comisión Interamericana para el Control del Abuso de Drogas,  que cuenta con  buenos recursos y es potencialmente un buen vehículo para un debate latinoamericano o hemisférico. Pero fue creado a imagen de la política estadounidense. Ahora se debe revisar su funcionamiento, aprovechando que la nueva administración en Washington parece menos dominante y más abierta a escuchar y cooperar. De hecho, en este momento Brasil está haciendo una evaluación de ese organismo a través de la Senad, Secreataría Nacional sobre Drogas, y será interesante ver qué resultados arroja este informe. Es un buen momento para revisar la estructura y hacerla un vehículo para una voz latinoamericana en el contexto internacional.

Usted estuvo reunido con miembros del gobierno en Brasilia, luego de estos encuentros, ¿qué impresión se lleva y cree que es posible que Brasil lidere el debate a nivel regional?

El potencial y las bases para un debate sofisticado sobre políticas de drogas, claramente están presentes en Brasil: hay una comunidad investigativa importante, hay debate político vibrante y hay experiencias exitosas y no exitosas. Además, debido a la crisis de violencia urbana, todo el mundo sabe que algo tiene que hacerse ya, y todo ello puede ser la base para liderar el debate en la región.

Por mi visita a Brasilia veo que hay gente, al más alto nivel gubernamental, que realmente quiere alcanzar logros en este campo y que tiene como prioridad el desarrollo de políticas sociales y que se ha dado cuenta que el tráfico de drogas es uno de los principales factores que están entorpeciendo esos objetivos. Puede ser que sea un poco tarde para darse cuenta, ya que estamos al término de este gobierno y se avecina una etapa electoral, pero es reconfortante ver que estas personas están muy metidas en el tema.

Parte del debate público sobre la despenalización del consumo en Brasil se centra en la idea de que no castigar al usuario y castigar al vendedor de drogas es un acto de doble moral, ¿qué opina?

No puedo decir qué debe hacer Brasil o cualquier otro país, cada uno encuentra sus propias soluciones. Pero sí pienso que en general, las legislaciones de los países deben distinguir entre tres tipos de actores envueltos en el tema: usuario casual de drogas, que es el grupo que tiene mayor número de personas y que no están envueltos en el mundo criminal, por lo tanto no deben ser punidos con cárcel; luego está un grupo de adictos, no necesariamente violentos, pero que tienen problema de dependencia y que pueden llegar a cometer delitos menores o envolverse en comportamientos no saludables y para ellos creo que funciona mejor ofrecer alternativas de tratamiento que prisión y finalmente, están los criminales, que se dedican a hacer dinero con la venta de drogas y que están aterrorizando la gente, corrompiendo diversos estamentos de la política o cometiendo crímenes en las ciudades y sobre quienes debe enfocarse la justicia y la policía.

Si la guerra contra las drogas fracasó, ¿por qué Naciones Unidas se empeña en seguir defendiendo este paradigma?

Bueno, no hay que olvidar que Naciones Unidas está formada por los estados miembros; son los estados los que están siendo más resistentes al cambio. La resistencia al cambio es en parte institucional y en parte ideológica. Es muy difícil para muchos  gobiernos e instituciones políticas aceptar que se debe hacer algo diferente a la guerra contra las drogas. Segundo, admitir que la estrategia que seguimos durante los últimos diez años fracasó, es algo que simplemente no acontece en el contexto internacional. Hemos construido grandes instituciones y grandes presupuestos dedicados a la guerra contra las drogas y pedirles a las cabezas de estas instituciones y estructuras políticas que representan sus gobiernos en Viena que voten en su contra de sí mismos es difícil.

escrito por Andrea Domínguez

artículo es de Comunidad Segura

segundo parte de la entrevista