Militarismo, Prohibicionismo, Guerra contra las Drogas: una fórmula para la masacre

Bolsonaro posa junto al símbolo del Batallón de Operaciones Policiales Especiales (BOPE por su sigla en portugués) de la Policía Militar del Estado de Río de Janeiro en agosto de 2020. Puede ser una de aquellas extrañas coincidencias que ocurren en Brasil, pero el símbolo del BOPE tiene un espantoso parecido con el emblema del escuadrón paramilitar de la muerte “Scuderie Detetive Le Cocq”, formado en 1965 en Río de Janeiro. El BOPE fue creado en 1978. Otra coincidencia: uno de los paramilitares que asesinó a la congresista Marielle Franco, el antiguo oficial del BOPE Ronnie Lessa, estaba oficialmente registrado en las filas de la Scuderie Detetive Le Cocq. Lessa y Bolsonaro vivían en el mismo condominio en Río de Janeiro, y su hija frecuentaba a uno de los hijos del presidente. Fuente: Palacio de Planalto / Autor: Marcos Correa

El 6 de mayo, agentes de la Policía Civil de Río de Janeiro ingresaron a la comunidad de Jacarezinho para ejecutar órdenes de detención. Fueron con helicópteros, rifles de asalto y francotiradores, ignorando un fallo de la Corte Suprema que suspendió las operaciones policiales en las barriadas durante la crisis del COVID-19. Durante la incursión, los policías asesinaron a 28 jóvenes negros y morenos. Además, amigos y familiares de las víctimas acusaron a la policía de remover cadáveres para alterar la escena del crimen.

Miembros de la comunidad también acusaron a la policía de profanar el cuerpo de un hombre de 21 años cuya foto sentado en una silla chupándose el pulgar se volvió viral: según los lugareños, los policías pusieron el pulgar del hombre muerto en su boca con el único propósito de tomarle fotos. Este gesto macabro podría ser una referencia a la supuesta causa del operativo: en la versión de los hechos dada por la Policía Civil, agentes de la Unidad Policial de Protección a la Niñez y la Adolescencia (DPCA por su sigla en portugués) acudieron a la comunidad para ejecutar órdenes judiciales contra narcotraficantes que supuestamente estarían reclutando niños para el tráfico de drogas. Sin embargo, la denuncia penal del Ministerio Público de Río de Janeiro no menciona la captación ni la explotación infantil.

Tenemos una amplia variedad de fuerzas policiales en Brasil. Cada estado tiene su Policía Civil, su Policía Militar y su Policía de Carreteras. Tenemos una Policía Federal, una Policía Federal de Carreteras, además del Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea. Nuestros bomberos están militarizados. La capital y las ciudades más grandes también tienen Guardias Municipales, muchos de los cuales llevan pistolas automáticas. Incluso los Guardias Municipales, cuyos oficiales no tienen autorización para portar armas de fuego, poseen pistolas. Estas fuerzas policiales poseen vehículos blindados, chalecos antibalas, armas de asalto, aerosoles de pimienta, granadas de gas lacrimógeno y mucho más. Y eso sin siquiera mencionar lo que se ha denominado tecnoautoritarismo y la tecnología de vigilancia ampliamente adquirida por los gobiernos estatales y federales durante la última década.

La institución que lleva a cabo la mayoría de las ejecuciones extrajudiciales y masacres en Brasil es la Policía Militar, especialmente la de Río de Janeiro y São Paulo. Pero no podemos dejarnos engañar por un nombre. Todas las fuerzas policiales de Brasil están esencialmente militarizadas. Tomemos, por ejemplo, la masacre de Jacarezinho. Los agentes que cometieron la matanza pertenecen a la Policía Civil del Estado de Río de Janeiro. Sin embargo, la función de la Policía Civil no es realizar operaciones, sino más bien efectuar labores de detective, así como también investigaciones criminales y forenses. Entonces, ¿por qué los agentes de la Policía Civil de Río de Janeiro necesitan rifles de asalto con visor holográfico, metralletas, francotiradores? ¿Por qué han comprado un helicóptero de 2,7 millones de libras esterlinas? ¿Y por qué están realizando operaciones que han cobrado al menos 304 vidas desde 2007? Porque al igual que todas las demás fuerzas policiales de Brasil, la Policía Civil de Río de Janeiro está en guerra contra sus enemigos internos imaginarios: personas negras, morenas y pobres que venden y consumen drogas. Las labores policiales y el asesinato de ciudadanos van de la mano en Brasil y en todo el mundo.

 

Brutalidad policial en abundancia

 

Brasil tiene una larga historia de masacres policiales y paramilitares. No obstante, en el contexto político actual las fuerzas policiales cuentan con el apoyo abierto del Estado para asesinar a sus ciudadanos. Están respaldados por un presidente que tiene una inclinación por la violencia, alaba las torturas y las dictaduras militares, y dice constantemente que "un buen matón es un matón muerto". Desde que se encontraba haciendo campaña para el cargo, Bolsonaro prometió darle carta blanca a la policía para matar. Su repetido gesto de pistola se ha convertido en un símbolo de su ideología genocida y es ampliamente imitado por sus partidarios. Con su apoyo a las ejecuciones extrajudiciales, los agentes de policía ahora tienen licencia para matar. No es de extrañar que, durante su primer año en el cargo, los asesinatos perpetrados por la policía de Río alcanzaran un récord. Unos días después de la masacre de Jacarezinho, Bolsonaro elogió a los policías que llevaron a cabo el baño de sangre.

Si la falta de respeto de Bolsonaro por las vidas y los derechos humanos ha quedado demostrada por su (continua) mala gestión de la crisis del COVID-19 en Brasil, es con su guerra contra las drogas que sacia su sed de sangre. Su retórica enardecida deshumaniza a las personas sospechosas de vender drogas y las retrata como objetivos a los que hay que matar. No olvidemos que en la Alemania nazi a los judíos se les llamaba ratas, y que en Ruanda los hutus llamaban cucarachas a los tutsis. Bolsonaro, a su vez, prometió que bajo su gobierno los presuntos delincuentes morirían en las calles como cucarachas. A los nazis también les gusta describir a los judíos como sanguijuelas, piojos, bacterias y otros parásitos. ¿Y no es también una coincidencia que además de compartir ideologías lingüísticas con el régimen nazi, Bolsonaro comparta el complejo machista de Mussolini, a quien también le encantaba desfilar en caballos y motos?

Combatir la venta de drogas con la aplicación militarizada de la ley ha demostrado ser una máquina de muerte. La abundante evidencia disponible muestra que esto sólo facilita y promueve la violencia, especialmente contra personas negras que, en Brasil, son siempre percibidas por las fuerzas policiales como perpetradoras del delito ontológico de existir y son, por ende, sospechosas o, mejor dicho, culpables hasta que se demuestre su inocencia. La única manera de detener este ciclo de violencia es despenalizar y legalizar todas las drogas ilícitas, brindar acceso a servicios de reducción de daños y reparar el perjuicio causado por décadas de aplicación de una ley punitiva y mortal. Si esto no sucede, la guerra no dejará de arder, de destruir y de cobrar vidas.

 

*Felipe Neis Araujo es un antropólogo brasileño preocupado por las políticas de drogas, la violencia estatal, el racismo estructural y la reparación de las desigualdades históricas. Escribe mensualmente un artículo para TalkingDrugs. Contáctelo a:  neis.araujo@gmail.com