Mis experiencias

 A veces cuando miro hacia atrás sentado en casa fumando maría me da por pensar lo mucho que he cambiado en mi vida y lo mucho que aun me queda por aprender. Desde que deje mi país aprendí a comprender mejor otras culturas, de alguna forma me hice viajero, nómada, y casi sin quererlo aprendí a convivir en una ambiente donde todo lo que hasta entonces parecía prohibido comenzó a fraguar mi libertad. 

La primera experiencia que recuerdo con las drogas que no fueran cannabis fue una pastillita azul, cuyo nombre no recuerdo muy bien a la que me invitó un amigo. “Tómala”, me dijo, “veras como se te pasa el pedo que llevas”. Me tome la pastillita y no sentí nada, seguía borracho y la claridad que tanto me había imaginado no acababa de llegar, aunque bien es cierto que después de un rato las copas empezaron a sentarme mejor. Del resto de esa noche poco o nada recuerdo salvo que llegué a casa sano y salvo y a la mañana siguiente tuve una gran resaca como de costumbre.

El siguiente fin de semana el mismo amigo me preguntó si quería comprar un gramo de coca con él y yo le dije que no me importaba porque la había probado un par de veces y aunque no me había gustado mucho, la idea de pasar un rato loco me atrajo en aquel momento. Por desgracia la noche no acabó bien ya que el seguridad nos pillo infraganti esnifando en los retretes. Mi primera reacción fue pensar que Hollywood había muerto, que el glamur de la cocaína era una patraña y que la dirección del club no tenía ningún derecho a expulsarme del local porque más de la mitad de la clientela estaba pasada de todo y por tanto estaban cometiendo un acto de cinismo e hipocresía. Después de aquello volví a aquella discoteca un par de veces con otra gente que también se metía coca pero la situación me parecía absurda y asquerosa. El mundo de los maniquíes y la apariencia de una pequeña ciudad provinciana.

Así que mi situación era un poco desesperada, me gustaba salir, me gustaba beber, me gustaba fumar hachís pero no soportaba aquella cultura que te obligaba a consumir, a ponerte hasta las cejas a mentir y a vivir aventuras de una noche que bruscamente terminaban con la mañana. Era a todos los efectos un inadaptado. Conocer a los porteros de las discotecas para conseguir entrada libre me importaba una mierda, los trucos de los relaciones públicas que solo querían meter gente en sus antros como marchantes de ganado me daban igual, y la necesidad del polvo salvaje pasado de vueltas no me hacía mucha ilusión porque no podía encontrar lo que buscaba.

Supongo que necesitaba bohemia y un poco de rebeldía sin los escudos de Johnny Walker, Dyc, o cualquier otra marca de whisky que pretendiese atraer el aturdimiento de la juventud y de paso hacer un poco de negocio. La coca estaba en todas partes y aquello me parecía repugnante, el ritual de conocer al camello, la estupidez del billete, la apariencia de controlar el subidón de cualquier forma que demostrase osadía y ostentación y también para colmo, el código de la noche que obligaba a consumir y consumir sin producir nada salvo falsas promesas y mentiras que se desvanecían con la puesta de sol. Yo observaba en silencio y deseaba salir de aquel mundo, buscando conversación, cariño y humanidad pero solo encontraba gentes vacías de significado que eludiendo cualquier responsabilidad solo pensaban en su hedonístico presente. Finalmente llegó un punto en el que todo se cernió de vulgaridad.

Por fin me decidí a dejarlo todo y me marche, prometiéndome que encontraría algo mejor. Y eso que tanto anhelaba por fin llegó vestido de segunda oportunidad. Al viajar conocí a gente en mi misma situación, gente joven con ambición, con ganas de ver, de conocer y también de disfrutar. Recuerdo muy bien y con mucho agrado la primera vez que tome un éxtasis en el medio de un bosque con gentes de todas partes del mundo, también recuerdo cuando probé mis primeros espaguetis cocinados con hachís y la experiencia tan estupenda que aquello me produjo, no solo porque la comida había sido hecha para mi con especial afecto si no también porque  gracias a ella por primera vez me sentí un beduino en el desierto deslumbrado por la belleza de Lawrence de Arabia. Mis noches y mis días pronto cambiaron, las mañanas pasaban no importando el haciendo que y por las tardes y las noches escribía historias, leía las de otros mientras cantaba, bebía, fumaba y reía porque el tiempo no parecía pasar 

Esos tiempos fueron sin duda la mejor parte de mi juventud. La continua explosión de emociones, de culturas, de ideas forjó un nuevo carácter en mí que me hizo tomar decisiones importantes y renunciar por completo a la superficialidad de aquella vida que había dejado atrás. Cuando por fin me mudé a la gran ciudad sabía que no podía caer en los mismos errores y me lance a la aventura del estudiar una nueva carrera en un nuevo idioma y poco a poco todos aquellas cosas que me habían reprimido en mi país natal y  que comenzaron a aflorar luego en mis viajes se empezaron a transformar en ideas solidas de las que ya no tenía miedo ni complejos. En todo ese tiempo la marihuana había estado allí conmigo ayudándome a pasar buenos momentos y a reflexionar después de los pequeños  logros.