Presas de las drogas

 

El día a día  de las reclusas en un módulo  de desintoxicación de una cárcel de mujeres es un baile doloroso donde se dan cita los problemas derivados del encierro y los provocados por lo que ellas mismas definen como sus caóticas vidas en el exterior. Embarazos no deseados, relaciones conflictivas con sus parejas, enfermedades de transmisión sexual, o poder perder la custodia de sus hijos además de la casa donde estos viven son algunos de los problemas más comunes que al final acaban derivando en desasosiego e incertidumbre, con días enteros pasados en la cama de sus celdas sin saber qué hacer, solamente, levantándose para recibir la metadona o cualquier otra medicación y también para comer cuando hay apetito.

Las razones que las llevan a la cárcel son por lo general pequeñas ofensas como faltas contra el orden público cuando están bajo los efectos del alcohol o las drogas, violaciones de la libertad condicional o pequeños robos en tiendas que les permiten mantener sus adicciones y en algunos casos también las de sus parejas que prefieren quedarse en casa sin correr ningún tipo de riesgo. 

El hombre mantenido, el que no hace nada y vive a cuenta de las mujeres, es un gran problema a la hora de enfocar la rehabilitación pues su actitud es siempre la de que cualquier tipo de rehabilitación es solo para perdedores negando así el apoyo emocional necesario para las mujeres que si desean dejar las drogas.

La codependencia existente entre el hombre dominante y la mujer que se deja arrastrar al mundo de quien la controla implica, no solo la perdida de la voluntad, sino la inmersión en un mundo de mentiras y masculinidades heridas donde el hombre, viviendo en un mar de dudas, se aferra a la mujer como única salvación para que lo rescate de sus angustias. A todos los efectos es una relación inmadura donde el tradicional rol maternal y protector absorbe toda la relación convirtiendo las necesidades del hombre en el epicentro de la relación. Esto implica un círculo vicioso donde la mujer queda atrapada,  pues es ella quien cree que debe entender y combatir los problemas de su pareja suministrándole drogas para así hacerle feliz y sentirse útil y realizada en su papel de salvadora. Sin embargo la realidad es muy distinta ya que es la mujer quien en realidad queda a la merced de las drogas. Primero porque hace de ellas el motivo esencial para mantenerse unida a su pareja cuando se las da y segundo porque cuando las usa continua involucrándose más con los traumas en aumento y sin resolver de su otra mitad.  

Las mujeres que no tienen este tipo de problemas porque no tienen parejas presentan un problema totalmente diferente. Muchas de ellas se avergüenzan de tomar drogas y solo lo hacen recluyéndose en sus casas para que nadie las vea, esperando a que caiga la noche y sus hijos estén durmiendo o haciéndolo después de llevarlos al colegio, calculando el tiempo justo para que nadie les note que están drogadas cuando vayan a buscarlos. El miedo a ser reconocidas como “drogadictas” por sus amigos y familiares le paraliza y en el caso de inyectarse heroína prefieren hacerlo en los pies hasta que no aguanten más y tengan que encontrar un sitio mejor. Las drogas para este grupo de mujeres son el mejor remedio para evadirse de sus miedos y combatir sus inseguridades.

En muchas ocasiones las razones por las que las mujeres en las cárceles toman drogas no son muy distintas que en la de los hombres aunque sí es cierto que el tratamiento es más terapéutico y se da una mayor importancia a los sentimientos y a las emociones. Servicios psicosociales y psicológicos para tratar abusos sexuales, problemas mentales, y otros derivados de relaciones conflictivas están siempre a disposición de las reclusas. Aunque si bien es cierto que no todas deciden dejar las drogas y prefieren mantenerse con metadona, pues para ellas funciona bien, también hay que decir  que no son pocas las que hacen el propósito de no volver a consumir cualquier tipo de sustancia jamás. Esto ocurre generalmente con las más jóvenes que llegan por primera vez y no quieren bajo ninguna circunstancia volver a repetir la experiencia o también, con las que ya llevan acumuladas un elevado número de condenas y cansadas ya de tanto entrar y salir de prisión echan de menos una vida más tranquila. Para otras, por el contrario, la vida institucionalizada es la única forma de subsistir que conocen y se sienten más seguras cuando están dentro que fuera, sobre todo en los fríos meses de invierno.