Presos del SIDA

Ese viejo dicho que afirma que cárceles solo hay las que se llevan dentro es el más apropiado para describir lo que un día me encontré en una visita a un recinto de aislamiento de un pabellón psiquiátrico de una prisión cualquiera. La ofensa del confinamiento en esa ala no había sido para nada una ofensa contra los demás sino un acto perpetrado contra la vida propia del condenado pues la noche anterior había intentado suicidarse.

Su aspecto era trágico y su cara tapada con una mascarilla prevenía a sus visitantes del riesgo de contraer la fuerte y avanzada tuberculosis que parecía. Al principio no quería hablar y parecía muy sedado por la medicación pero, poco a poco, en la sala que servía a la vez de biblioteca y reuniones a los reos cuando les era asignado el tiempo para socializar, mi colega y yo nos fuimos ganando su confianza. Era una historia corriente, un hombre que lo había perdido todo y no tenía domicilio fijo. Las razones de la condena no demasiado importantes, pequeños hurtos en tiendas y cuando fue detenido, además, la policía le añadió posesión de drogas. 

En los días anteriores a su arresto, después de haberlo dejado durante algún tiempo, había estado consumiendo acido en grandes cantidades y lo primero que nos contó es que haría cualquier cosa por no volver a necesitar ningún tipo de droga. Eso no fue todo, a medida que se iba desarrollando la entrevista, entre susurros y medias palabras queriendo brotar de su boca al fin le pregunté si había algo más que nos quisiese decir. Al principio vaciló y cuando no pudo aguantar más nos dijo que había contraído SIDA a raíz de su hemofilia. 

Lo primero que pensé fue en la extraña situación de un hombre totalmente atrapado tanto física, por los muros de la cárcel, como psíquicamente por las razones que apenas unas horas antes lo llevaron a intentar suicidarse. Razones en parte motivadas por algunos problemas mentales que el SIDA puede acarrear y que no son solo la consabida depresión o ansiedad provenientes del rechazo y el miedo sino también a desequilibrios químicos producidos en el cerebro que pueden afectar a la memoria y a la percepción de las cosas, y aunque si bien es cierto que, por una parte el modelo social de los problemas mentales define sus raíces como las causas ajenas a los que los sufren, originadas por las maneras en la que los individuos asimilan las circunstancias que le son impuestas (y que mejor ejemplo en este caso que hablar de estigma y rechazo social) el modelo médico de tratamiento de los problemas mentales también tiene algo que decir al respecto para aliviar el sufrimiento prescribiendo medicación. Por ese motivo es justo elogiar la rápida intervención de los servicios sanitarios de la prisión.

 Este hombre, que poco a poco iba recuperando su sentido del humor, constituye un claro ejemplo de los problemas a los que se enfrentan los consumidores de drogas viviendo con SIDA, no solo en la comunidad sino también cuando están en la cárcel. Las cada vez más acuciantes necesidades complejas que definen el origen y correcto tratamiento de los problemas mentales que convierten a cada individuo en un caso concreto, que no puede ser generalizado bajo riesgo de perder el origen de los mencionados problemas, y el todavía mucho camino que queda por recorrer en el terreno del diagnostico dual que crea un abismo donde las personas consumidoras con problemas mentales se segmentan en dos compartimentos aislados sin posible comunicación entre las dos realidades (problemática salud mental y adicción) que afectan  a sus vidas, dificultando el tratamiento holístico e impidiendo de de esta forma la rehabilitación 

La persona que nos ocupa define muy bien este problema pues al consabido círculo vicioso de cometer crímenes para mantener la adicción se debe también añadir el ansia de escapar de una realidad condenada a sobrevivir en la marginalidad donde la necesaria ayuda no parce llegar. La cárcel no cura, solo castiga, y a la atención psiquiátrica en la comunidad es muy difícil acceder. Los cocteles de medicación prescritas combinados con drogas tan potentes como el acido pueden acarrear efectos secundarios muy contradictorios y en el encierro, con la caída, al verse uno en soledad en un ambiente donde solo el más fuerte a duras penas sobrevive puede por una parte agudizar el ingenio o condenarlo al ostracismo, recluyéndolo en los más tristes confines de su mente y cuerpo en cautiverio.

Los suicidios en las cárceles ocurren por el largo tiempo que los presos pasan en solitario en sus celdas, en algunos casos hasta 23 horas, las cuales dan para mucho que pensar e incluso a veces llevan a perder la cordura pensando que no hay un más allá después del horario de comidas o el patio de ejercicio.  Para los que no tienen un domicilio fijo y además dependen de centros de acogida la idea de no tener a donde volver no parece servir como aliciente para querer aguantar, mientras para otros que además tienen problemas de salud o adicción el exterior constituye una continua amenaza a veces, incluso, más dura que las encontrada en prisión.