Psicofármacos en el ejercito

El ejército estadounidense parece sufrir del mismo síndrome que la sociedad a la que defiende. Las cifras demuestran que el consumo de antidepresivos, anti-psicóticos, y productos anti-epilépticos es mayor entre las fuerzas armadas que en la población civil. Un 17% del total de las tropas consumen estos medicamentos mientras que uno de cada seis miembros en servicio activo en otros países toman regularmente poderosos cocktails psicotrópicos que les ayuda no solamente a convivir con los problemas y rutinas de su día a día si no que también les prepara para su vuelta a casa.  

Lejos de profundizar en el debate sobre las condiciones a las que los soldados se ven expuestos en tiempo de guerra conviene mencionar que según un artículo publicado recientemente por Military Times el irresponsable consumo de medicamentos psiquiátricos produce entre otros efectos la merma de facultades físicas y psicológicas para al combate y también un alarmante aumento en la tasa de suicidios.

La razón parece sencilla, los médicos recetan sin tener la más mínima evidencia de los efectos secundarios que puede producir el consumo simultáneo de diversas sustancias. A la mezcla de antidepresivos y anti-psicóticos recetados para dormir y evitar pesadillas en muchas ocasiones también se le añaden otros medicamentos anti-epilépticos para evitar la fatiga o los dolores de cabeza. Y si todo esto sucede mientras en campaña  las cosas de vuelta en casa pueden torcerse todavía más cuando los veteranos reciben tratamientos específicos para el trastorno bi-polar o la esquizofrenia para combatir el trastorno post-traumático de la guerra y ayudar a su reincorporación a la vida civil.      

El mayor problema que produce el consumo irresponsable de este tipo de medicaciones radica en el escaso valor que los médicos conceden a sus pacientes y a la posible automedicación de los soldados ya que la evidencia sugiere un tráfico tanto legal como ilegal de este tipo de sustancias en las zonas de combate además de la inexistencia de conocimiento facultativo para tratar las posibles consecuencias de, por una parte la adicción a los fármacos y por otra sus efectos secundarios.

En los últimos 8 años el consumo de psicofármacos en el ejército ha aumentado un 76% al mismo tiempo que las tasas de suicido también se han disparado un 150% pasando de un 9 por cada 100.000 en el 2001 a un 23 por cada 100.000 en el 2009. Testimonios de soldados medicados durante combate demuestran cómo los efectos secundarios les produjeron reacciones tan diversas como fatiga, ansiedad, cambios bruscos de humor, rencor, odio, violencia, melancolía, aturdimiento y pérdida de memoria.

Dos soldados distintos ilustran estos ejemplos. Mientras estuvo en Bagdad Mike Kern se vio obligado a acudir a una clínica para tratar su nerviosismo, problemas para dormir y depresión. El médico le recetó Paxil, un antidepresivo cuyos efectos secundarios claramente advertían del riesgo de suicidio. A los pocos días Kern mientras patrullaba por las calles con su rifle, su pistola y su ametralladora comenzó a pensar en lo fácil que sería  acabar con sus problemas apretando uno de los tantos gatillos. Tras unos días de aturdimiento decidió dejar la medicación pero cuando volvió a casa fue diagnosticado con trastorno post-traumático y recetado varias sustancias psicotrópicas.

El caso del sargento mayor que al que recetaron un anti-epiléptico para aliviar sus migrañas es todavía más significativo ya que el medicamento llamado Tupomax es más conocido por el sobrenombre de “stupamax” porque vuelve a la gente estúpida además de estigmatizar a quienes lo toman. Sus efectos secundarios incluyen ralentización en el tiempo de reacciones, y atontamiento. Síntomas, que si bien algunos civiles pueden aprender a  sobrellevar en sus vidas, ocasionan sin lugar a duda un grave peligro a los militares.  

     La relación entre consumo de psicofármacos en el ejército y la nación Prozac a la que defiende es sin duda un reflejo del poder que las multinacionales farmacéuticas ejercen en todos los aspectos de la vida cotidiana. Parece como si las mismas píldora mágicas que tanto ayudan en vano a millones de civiles a enfrentarse con las decisiones que no pueden tomar por si mismos estuvieses ahora demostrando su fracaso como garantía de una forma de vida basada en la artificiosa terapia de la terapéutica felicidad.