Revolución científica o narcotráfico

Los sucesos recientes en el Perú, relacionados al mundo del malentendido binomio coca-cocaína, han dado lugar a una amplia cobertura periodística, incluyendo múltiples entrevistas en canales de televisión y radios, así como comentarios, críticas y sugerencias de todos, o casi todos, los analistas más destacados de nuestro medio.  Nadie, salvo omisión involuntaria de mi parte, ha querido destacar sin embargo que “la guerra a las drogas”, llevada adelante en el VRAE, pese al reparo del “Drug Czar” Mr. Gil Kerlikowske  a esta expresión bélica,    para evitar que sea vista internamente, en la ejemplar “democracia”, como una guerra contra el pueblo, es realmente una guerra gringa llevada adelante con nuestra gente y en nuestro propio suelo.

Si el nuevo Zar tomara en serio que es un problema de salud- como ha manifestado a su paso por Bogotá- bien haría en auspiciar previamente la puesta al día de la información científica, dejando de lado la condenatoria versión estrictamente psiquiátrica de las “adicciones” que sirve de apoyo a la “prohibición”(ver ej. Gómez-Restrepo, Editorial, Revista Colombiana de Psiquiatría vol. 38 / No. 1 / 2009).

A raíz de la propuesta de Hernando de Soto de extender su ilusorio capitalismo popular a nuestra Amazonía, se solicitó, desde el editorial de un diario local, imaginación también para ofrecer esta vez una propuesta realista que pudiera ser escuchada desde el mismo VRAE. Y en las demás zonas cocaleras- añadiría yo- pues al hablar tanto del VRAE se olvida el resto.

Tal propuesta-cabe reiterar una vez más- sería  a mi entender la recuperación nacional de nuestra gran riqueza agrícola y su regreso al mercado  mundial, si algún  Presidente, enfrentando los riesgos, así lo decidiera.

El problema.

Creo que todos reconocemos en privado que la prohibición de “las drogas” y el contrabando resultante, llamado inadecuadamente “narcotráfico”, desde el campo a los consumidores, ha generado una corrupción sistémica global, de la cual no podremos salir mientras no se replantee la política mundial en el seno del Consejo Económico y Social de  las Naciones Unidas. La ineficaz “prohibición” no beneficia en nada a los ciudadanos. De ahí la banderola de Psicotropicus a la salida de la estación del metro de Botafogo en Río de Janeiro.

Por lo dicho hasta aquí, guardando consideraciones personales, cada día desconfío más de los expertos en problemas, sean estos políticos y objeto por ello del comentario de los  “analistas”; de salud en manos de los médicos, y especialmente de la “mental” en manos de psiquiatras.  Lo mismo desconfío, por experiencia esta vez, antes que por razonado prejuicio, de los expertos en el “problema de las drogas”, incluyendo a los directivos del movimiento europeo de “reducción del daño” y a los jóvenes expertos  de George Soros y su Open Society. Todos ellos, al pensar dentro del “marco de referencia” oficial, fijado por las convenciones vigentes y reforzado diariamente por la propagación periodística de los cuentos psiquiátricos sobre la “adicción” como “enfermedad”, no están siquiera dispuestos a asumir su defensa cuando del uso de plantas medicinales tradicionales se trata.   

 “Después de un año de estudios, entrevistas, reuniones y debates”, tal como la Comisión Latinoamericana sobre Drogas y Democracia presenta en su web el Informe final del presente año, los participantes  fueron incapaces de sacar la cara por la hoja de coca y antepusieron los intereses de sus patrocinadores gringos abogando por la descriminalización de la marihuana.

La situación actual.

Debiera estar claro para muchos- al menos en nuestro medio- que la revalorización andina de la hoja de coca, lograda en Bolivia y el Perú, ha superado largamente el prejuicio que oficializó el Comité de Expertos en Drogas Susceptibles de engendrar toxicomanía (hoy Farmacodependencia) de la Organización Mundial de la Salud (OMS)  en 1952.  Al determinar que  la inveterada costumbre “debía” ser considerada una “toxicomanía” o “addiction, tal Comité de Expertos se niega aún a reconsiderar el tema. Los presuntos trabajos científicos de psiquiatras peruanos pegados a la letra de sus textos (Valdizán, 1913 a Gutiérrez Noriega, 1946) fueron invalidados primeramente por la crítica académica norteamericana (R.Martin, 1970 y A.Weil, 1972). Rescatado el apoyo académico por el Instituto Indigenista Interamericano mediante América Indígena 4(1978), la causa de la coca fue asumida por movimientos campesinos que en el caso de Bolivia llevaron a la Presidencia a Evo Morales. Sin embargo, el nuevo sentir andino sobre la coca, considerándola como alimento y medicina, no ha sido asumido hasta ahora por ningún gobierno, fuera de la transitoria Declaración de Ilo (Fujimori-Sánchez de Lozada, 1994) , largamente olvidada.

El propio Evo Morales, con el eslogan "Coca sí cocaína no" de la Campaña Coca 95 realizada en Europa, que personalmente critiqué entonces, puntualizando que la Coca no sólo es cocaína, se ha limitado a una reivindicación simbólica de la hoja de coca en base a los legítimos y reconocidos derechos indígenas y a pedir por ello que desaparezca de las Convenciones la amenaza de la erradicación del coqueo andino propuesta  en 1961. No ha planteado, en ningún momento hasta ahora,  levantar el juicio psiquiátrico de la  OMS que sirve de fundamento a su inclusión en la Lista 1 de sustancias fiscalizadas por la Convención Única. Y mientras tanto, allá como acá, la corrupción y la violencia prosperan.

Pareciera que el mismo Evo, en cuya decisión abrigamos aún la esperanza, ha preferido postergar “ad calendas griegas” el replanteamiento integral del tema y, olvidando el apoyo que recibió en Europa de las agrupaciones que defienden al cáñamo, inaguró su gobierno, saludando a la bandera de la “guerra a las drogas”, con la represión de la marihuana que había estado reclamado  libertad desde el verde de los semáforos de La Paz.
   
Los expertos europeos y norte americanos en el “problemas de las drogas”, incluyendo a los convocados por el aparente Tribunal de ex Presidentes, Cardoso, Gaviria y Zedillo, en realidad, no sienten tampoco mayor urgencia. Parece que no buscaron  aclarar resolver “el  problema” sino vivir con él, y, en el peor de los casos, vivir de él. Es por eso que eludieron la ya lograda revalorización andina de la coca y evitaron confrontar abiertamente el juicio psiquiátrico que la OMS mantiene, dando base a su exclusión del mercado internacional.

La propuesta.

Los psicólogos sociales somos muy concientes de los “marcos de referencia”(Allport,1939) dentro de los cuales habitualmente pensamos. Algunos no son naturales sino impuestos. Reconozco que puede parecer totalmente desproporcionado y pretencioso que desde Lima se proponga la que, ajustado a los términos de Thomas Kuhn, sería una “revolución científica”, esto es, en nuestro caso, prescindir del “marco de referencia” de la psicopatología elaborada y mantenida por psiquiatras, la que implica el uso de la “adicción” como categoría “patológica”. Los casos “anómalos” de “intoxicacione crónicas” saludables, como ejemplifican el coqueo andino, obligan a desechar el “paradigma”.

“La razón y la experiencia”, como decía Claude Bernard, maestro de la medicina experimental, da identidad a la ciencia. Y de acuerdo a la razón crítica y a la experiencia propongo- en efecto- que frente al tema de la hoja de coca al menos, demos la controversia por superada y reemplacemos la razón de la habituación a su uso (atribuida a “toxicomanía” o “drogadicción”) con una nueva teoría y lenguaje.

Nutrientes ignorados.

La reconocida importancia de la nutrición  en la salud integral, tanto física como “mental” (vivencias y comportamiento), ha sido recientemente destacada por revisiones tan importantes como la ofrecida por  Changing Diets, Changing Minds: how food affects mental well being and behaviour(2005) de Courtney Van de Weye (v. Internet), presentado por la Fundación de Salud Mental  del Reino Unido, destacando la funcionalidad de ciertos micronutrientes, aunque ignorando paradójicamente el aporte nutricional  de los llamados antaño “alimentos nerviosos” dentro de los cuales se consideraba a la coca (Mantegazza, 1859, ).

Dada la importancia actual de la investigación en neuro-ciencias, propondría se reconozca que las plantas desacreditadas por la psiquiatría aportan valiosos neuro-nutrientes (incluyendo opiáceos y cocaína)  que deben ser considerados válidos como tales dentro de la nutrición humana.

Para entender la posibilidad del cambio de la “guerra a las drogas” impuesta en el mundo entero hace falta, previamente- en efecto- cambiar nuestra forma de pensar respecto a los tres grandes cultivos (amapola, cáñamo, coca) desacreditados por el poder decisorio concedido a una profesión médica seudo científica como ha sido la Psiquiatría. Y a este nivel de reflexión no acostumbran moverse los políticos ni las ONG s, adeptos a lo “políticamente correcto”. La opinión pública, en cambio, está menos comprometida y a ella cabe recurrir, pues objetivamente el mundo está necesitado de un cambio.

Se propone para ello una legalización con criterio estrictamente  médico. Puesta al día la información oficial sobre las sustancias fiscalizadas, dejando de lado el cuento de las “adicción a drogas” como “enfermedad”,  lo que cambiaría radicalmente el panorama.

Para comenzar sería entonces posible una verdadera educación de las siguientes generaciones sobre  el correcto uso de sustancias psicoactivas, mostrando los riesgos de las sintéticas y destacando los beneficios de las naturales que volverían a ser aprovechadas por las firmas farmacéuticas, una vez  reabierto el mercado que tuvieron a fines del siglo XIX. Tal ha sido siempre mi  propuesta y no una legalización por la libre, como si la salud no importara.

Una Humanidad mejor informada daría un mundo más sano que el fabricado por la utópica prohibición con sus indeseables efectos tanto en Afganistán como en la región andina, males que sólo la mirada psiquiátrica. justifica  Sería la forma de pacificar zonas convulsionadas por “la guerra a las drogas” que ha auspiciado hasta ahora la Casa Blanca.

Escrito por Baldomero Cáceres Santa María Psicólogo social.