Sé por Experiencia Por Qué San Francisco Necesita Instalaciones de Inyección Más Seguras

Fuente: Jeremy Brooks / Flickr

San Francisco se está preparando para abrir en julio la primera instalación de inyección supervisada legal de Estados Unidos. Para las más de 22.000 personas que se inyectan drogas en la ciudad, un nuevo día se perfila en el horizonte, y vivirán para verlo.

Las autoridades de la ciudad de San Francisco han anunciado su intención de abrir - en julio de 2018 - las primeras instalaciones de inyección supervisadas (SIF, por sus siglas en inglés) de los Estados Unidos. [Pero] no es sólo San Francisco: Filadelfia y Seattle también están avanzando con la idea, mientras que otras ciudades están aceptando diferentes métodos de reducción de daños, tales como la ampliación de los servicios de acceso a jeringas. Después de décadas de duro trabajo por parte de los activistas, los departamentos locales de salud pública finalmente están listos para adoptar reformas compasivas, basadas en la evidencia, y dar los pasos necesarios para afrontar la crisis por opioides y salvar vidas.

En una SIF, las personas tienen acceso a un ámbito seguro y a instrumental aséptico para utilizar drogas - previamente obtenidas bajo la supervisión y el asesoramiento de personal médico capacitado - que las controla para evitar muertes por sobredosis. San Francisco elegirá para la ubicación de estos primeros sitios a dos organizaciones existentes [que son] proveedoras de servicios, planeando extender la iniciativa en función de las necesidades. La idea de aprovechar proveedores de servicios ya existentes es integrar las SIF a una red más amplia de asistencia y atraer nuevamente al sistema de salud pública a las poblaciones vulnerables. De este modo, cuando alguien llega a una SIF, no sólo se inyecta y se va - [esa persona] tendrá acceso, si lo desea, a una completa infraestructura de servicios de salud y bienestar. Los mismos podrán incluir asistencia individualizada, ingreso a programas de rehabilitación o desintoxicación, servicios de refugio, comidas gratuitas, capacitación para el desarrollo de la fuerza de trabajo, duchas y más. En este “modelo integrado”, como se le llama, cada interacción genera confianza y [sentido de] comunidad, y crea caminos para que la gente se sienta fortalecida para ayudarse a sí misma.

Pasé el verano pasado trabajando con Glide Harm Reduction, que ofrece un programa de intercambio de agujas y de difusión en San Francisco y que es una de las candidatas para abrir una SIF. Caminé por las calles distribuyendo suministros de inyección más seguros; capacité a las personas en el uso de Naloxona, una droga que salva vidas revirtiendo [los efectos de] las sobredosis por opioides, y hablé en las reuniones públicas donde esta misma iniciativa fue acaloradamente debatida. Necesitamos desesperadamente instalaciones de inyección supervisadas.

Los críticos del plan argumentan que no hay nada “seguro” con respecto a inyectarse drogas, y que estos sitios son un error desafortunado y propiciatorio [de más consumo]. Sin embargo, aunque el uso de drogas conlleva riesgos, decir que uno no puede hacerlo de manera más segura es una declaración irresponsable e infundada. A menudo, los daños sufridos son el resultado de las prácticas y circunstancias [que rodean al] uso, y no son intrínsecos a la droga en sí misma. Incluso, los riesgos de sobredosis son mitigados por el entorno que alguien utiliza. En cada paso del proceso, hay formas en que las personas que se inyectan drogas pueden  mitigar los daños potenciales.

Por ejemplo, sin agujas estériles, las personas que se inyectan drogas pueden reutilizar y compartir jeringas, a menudo en ámbitos poco propicios. La reutilización puede desafilar la aguja y causar más daño a las venas y a los tejidos, como así también producir una mayor perforación en la piel, lo que aumenta el sangrado y la probabilidad de infección. Compartir agujas [contribuye a] propagar enfermedades que causan un cambio de vida, tales como el VIH y la hepatitis C, y tener que inyectarse en las calles o en los baños públicos pone a [otras] personas en riesgo de contraer infecciones bacterianas, además de agregar un elemento de estrés en torno a [la posibilidad de] ser atrapado. El ambiente y los niveles de estrés de una persona pueden incluso tener efectos fisiológicos sobre su [nivel de] tolerancia, lo que aumenta la probabilidad de sobredosis.

He hablado con personas que compartieron agujas con amigos [de los cuales se sabía] que sufrían de hepatitis C, simplemente porque no tenían nada más para usar. Algunas personas tratan de afilar las agujas usadas, lo que las hace aún más dañinas para la piel y más proclives a romperse durante su utilización. Otros sufren de abscesos dolorosos y venas colapsadas, debido a métodos de inyección inadecuados y a sustancias adulteradas. Las personas consumen y mueren solas, en callejones fríos, porque muchos otros creen que no vale la pena salvarlas. Un hombre yació muerto en Market Street, una zona turística y un centro financiero, durante 24 horas, antes de que alguien siquiera se molestara en verificar [su estado].

He visto de primera mano los daños que han tenido lugar en San Francisco debido a la falta de una SIF. Las personas mueren innecesariamente, y la apertura de esta instalación [de inyección supervisada] contribuirá en gran medida a reducir estas muertes. Espero que otras ciudades en todo el país y en todo el mundo puedan seguir el ejemplo de San Francisco.

Lea el informe final del Equipo de Tareas SIF de San Francisco aquí.