Sobre Moral y Drogas

En un interesantísimo artículo publicado por Beatriz Acevedo en la revista editada por la Universidad de Caldas (Colombia) Cultura y Drogas la autora hace una brillante explicación sobre la construcción histórica, social médica y criminal de la drogadicción y el alcoholismo repasando la obra del filosofo francés Michel Foucault. Lejos de entrar en la complejidad del hombre que más lucho por denunciar a la medicina y especialmente a la psiquiatría como formas de poder y control social Beatriz Acevedo magistralmente sugiere que “El asilo o la clínica de rehabilitación no difieren demasiado del régimen carcelario”.

Esa conclusión es el resultado analizar por una parte, como la medicina transformó a partir de los siglos XVIII y XIX las otrora inocuas costumbres de beber en las tabernas para socializar en discursos científicos que más tarde llevarían a definir el alcoholismo como una enfermedad física y por la otra, como el desarrollo imperialista y el fracaso de imponer en las colonias un gravamen sobre el cultivo de cánnabis provocaron un conflicto de intereses entre quienes descubrieron los efectos milagrosos y curativos de dicha planta y las emergentes compañías farmacéuticas que querían ejercer su monopolio para controlar la producción. Dicho debate todavía sigue vivo hoy en día ya que nadie duda del poder que estas corporaciones ejercen sobre el tratamiento de gente con problemas mentales, por citar un ejemplo, y que prefieren la automedicación, aunque ilegal y socialmente proscrita, al tratamiento farmacológico que muchas veces implica graves efectos secundarios como la apatía y la dependencia pero que son medicamente aceptados aunque condenen de igual modo, en muchos casos, a los pacientes a la exclusión social científicamente aceptada.

La alianza entre la medicina y la moral para contener el descontento del emergente proletario se comenzó a forjar durante el siglo XIX a ambos lados del atlántico gracias a las aportaciones de prestigiosos psiquiatras como el Dr. Samuel Woodward director del Asilo Mental de Worcester (Massachusetts) o el fundador del Movimiento por la Sobriedad, Dr.Benjamin Rush, quien como su colega creía que el deseo de emborracharse era algo superior al individuo capaz de doblegar su voluntad y convertirlo en un peligro social incapaz de cumplir con sus labores básicas de ciudadano, entre las que cabe destacar ante todo la habilidad para trabajar. En el Imperio Británico a su vez la romanización in extremis del lejano oriente y el afán por definirlo como la parte más salvaje del mundo donde ni la razón ni las buenas costumbres existían se veían alimentados por las historias que los exploradores y misioneros contaban de los nativos encerrados en los asilos tras consumir bhang, una bebida hecha con las flores del cánnabis, entre otras sustancias.

El paso del tiempo también ha demostrado como esta poderosa alianza no solo no se ha deshecho sino que además sigue más viva que nunca, ya que las continuas migraciones de las antiguas colonias y países comunistas al mundo occidental han llenado las cárceles y modernos hospitales psiquiátricos de minorías étnicas con problemas de socialización y aculturación en sus nuevos países cuya única manera de combatir son acudir a las drogas para bien hacer dinero fácil o bien escapar de una realidad opresora totalmente superior a su capacidad de tolerancia ante tanto cambio drástico producido por el rechazo y otros problemas como el racismo o la xenofobia. Así por ejemplo, el alto número de latinoamericanos en cárceles españolas o la elevada población de gentes jóvenes afro caribeñas y de Europa del este en las prisiones inglesas son un claro reflejo por una parte, de cómo el valor cultural de las drogas para ciertas poblaciones minoritarias todavía produce el mismo rechazo y criminalización que en siglos anteriores mientras que el encuentro con la sociedad consumista y la imposibilidad de obtener satisfacción crea frustración y la intención de delinquir para conseguir el falso bienestar de la idolatría capitalista.

El valor por tanto de la cárcel como institución punitiva reformadora o el del hospital psiquiátrico como ente curativo es por tanto parecido al de la clínica de rehabilitación pues todos tratan de modificar hábitos y devolver a los pacientes o reos un código de conductas y comportamientos morales por los cuales se puedan regir cuando estén de vuelta en la calle y de esta forma no constituyan un peligro ni para ellos mismos ni para la sociedad. El criminal y el adicto de esta forma pagan su precio por haber transgredido la norma y a través de un delicado tratamiento disciplinario aprende a controlar su mente, cuerpo y necesidades.

Esto no implica que todos los adictos sean criminales pero si implica que como los pacientes mentales estos sean transgresores de unas normas que deben ser encauzadas mediante terapia para promover el cambio. Mientras que el preso aprende a controlar su violencia y sufre el castigo de tener hasta el más insignificante de sus movimientos y necesidades controlados por rutinas elementales que no dejan espacio ni al ocio ni a la imaginación, el paciente mental se ve obligado a modificar su conducta a través de la reflexión de sus acciones y entender los detonantes que producen sus crisis para así conocerse mejor y evitar el delirio. El adicto también es sometido a esta cura para conocer sus detonantes, para prever sus niveles de estrés y evitar acudir a la sustancia para controlar su ánimo y retornar al estado que rompe la sobriedad.

En los tres casos “los jueces de la normalidad”, como Foucault define a profesionales como psicólogos, trabajadores sociales, psiquiatras o trabajadores de alcohol y drogas, se encargan de imponer, vigilar y sancionar las pautas que todo individuo debe seguir para no volver a la institución olvidando los motivos sociales y económicos que provocaron la ruptura con la norma ignorando de esta forma aspectos como la falta de educación, los problemas con la vivienda, el desempleo y también el mencionado racismo o la xenofobia entre muchos otros. La eterna cuestión de si el individuo nace o se hace adquiere una nueva dimensión cuando un enfoque social se antepone al falso empoderamiento personal sugerido por los acólitos de la tan de moda terapia de comportamiento cognitivo, la cual no es más que en realidad un instrumento para aumentar la docilidad del cuerpo y la mente a tratar enmascarándola con visos de una normalidad impuesta por los mismos jueces que antaño castigaban las transgresiones morales y que ahora lo llaman “amarse a uno mismo”.