TÚ y YO

 Echarle la culpa a otro es siempre más fácil que asumir responsabilidades. A nadie le gusta llorar en solitario por los errores cometidos y cuando uno se siente culpable por el daño causado es preferible agachar la cabeza como el avestruz y decir que la fiesta no va con él o con ella y lavarse las manos como Judas confiando en que las víctimas olviden las ofensas y perdonen a los causantes de las mismas.

Muchas veces ese perdón llega, pero otras muchas cuando se trata de una adicción incontrolada poco a poco se va menguando y desapareciendo hasta que el causante de todo los males termina aislado y encerrado en su arrepentimiento sin que nadie se atreva a prestarle ninguna ayuda por la gran mentira en la que se ha transformado su vida anteponiendo sus necesidades de continuar alimentando su adicción a la del resto del mundo sin importarle nada la gente que le rodea pues su realidad solo gira en torno al YO que lo devora olvidándose del resto a quien destruye.

Al hablar con gente que ha tenido problemas serios que destrozaron sus vidas llevándolos a hospitales psiquiátricos o cárceles hasta que después de salir de ellos pudieron desengancharse lo primero que uno percibe es que sus voluntades quedaron aniquiladas por su enfermedad y que sin ser responsables de sus actos lo que hacían les traía sin cuidado negando lo evidente como malos tratos a sus parejas e hijos, autolesiones intentos de suicidio o violentos crímenes para satisfacer sus ansias o esconder sus frustraciones. Así por ejemplo el pegar a una madre, intentar matar a una novia o novio algunos lo explican como la necesidad de expresar su enfado por no poder estar colocado y sentir la necesidad de conseguir esa dosis que les devolviera a su estado de euforia. En el caso de los crímenes también es muy común despertarse en el calabozo de una comisaria o en la celda de una cárcel sin saber ni cómo ni por qué uno estaba allí hasta que recuperaban la sobriedad. Normalmente en estos casos uno siempre acaba admitiendo que si no fuese por las drogas jamás hubiera conducido el coche de huida después de un atraco a una gasolinera, ya que se sentía manipulado, o apuñalado a alguien porque creía que le miraba mal aunque la víctima nada tuviera que ver con su atacante y estuviese tan tranquilamente ajeno su paranoica realidad.

El problema que presenta la adicción desmesurada no es otro más que la enfermedad del egoísmo y la ineptitud para ver más allá de uno mismo creyéndose el centro de la creación siendo incapaz de entender al OTRO que es percibido como un enemigo, por mucho que este intente ayudar ya que la necesidad del adicto destruye su capacidad de relación con cualquier persona que no piense como él menospreciando su consejo y tratándolo como a alguien que se interpone en su necesidad de conseguir la sustancia que le devuelva a su mundo de obsesiones sin realizar y deseos sin cumplir. Obsesiones y deseos que nacen fruto del deliro y que por ser del todo fantasiosas cuando alguien las esclarece terminan por crear un violento conflicto entre lo que uno alucina y la realidad en que vive. Por ese motivo quien osa despertar al enfermo de su sueño sufre su odio y rechazo por no ser parte de su mundo ficticio y es entonces cuando el odio se genera como mecanismo para protegerse de la falsa seguridad que el adicto construye con sus mentiras para seguir constantemente justificándose como quien justifica lo imposible.

El principal mecanismo por tanto para romper el ensimismamiento inducido por la droga es la necesidad de presentar al OTRO como un amigo y para ello lo mejor es ir desmontando el YO hasta que uno comprenda que también hay un TÚ que se preocupa, es decir iniciar el dialogo, pasar del “YO no quería hacerlo, TÚ me obligaste” o “Yo no lo hice, TÚ te lo estas inventando” al “YO lo hice y lo asumo”. Este camino no es fácil pero una vez que se llega la mayor parte de los problemas se resuelven de forma casi de forma automática cuando el que sufre destrozado empieza a pedir ayuda por qué se ve incapaz e impotente de seguir adelante y ha sufrido un cambio.

Ese cambio se puede producir por muchas razones pero generalmente llega cuando uno se da cuenta que ha tocado fondo después de innumerables noches de borracheras levantándose con el vomito propio en las ropas para llevar al trabajo, cuando ya no hay nadie a quien acudir para pagar el alquiler y acaba literalmente en la calle, cuando los servicios sociales retiran a los recién nacidos porque el humo del crack en las casas sucias y sin ventilar les han producido enfermedades pulmonares, por ponerse en evidencia en público haciendo las cosas más ridículas e inverosímiles como ofrecerle cocaína a un jefe de estricta moral o acosar sexualmente a una compañera o también como cometer un desfalco y perder el empleo o darse cuenta que tus tres hijos han sido productos de tres embarazos bajos los efectos de tres drogas distintas y los tres tienen problemas irreparables o también como no por algo tan sencillo como tener una vida normal y acabar en la cárcel por dar positivo en numerosas ocasiones en controles de alcoholemia perdiendo la respetabilidad otorgada a las clases medias que se creen por encima del bien y del mal.

El juzgar moralmente a un consumidor de drogas es un error que impide su rehabilitación porque ello impide tratarlo como el verdadero enfermo que es negándole ayuda. Entendiendo esto se podrá después comprender que si ha habido ofensa grave la justicia determinara la pena y también que la rehabilitación impedirá mayores ofensas no solo contra uno mismo sino también contra la sociedad.